Sin saber cómo pero sucedió.
Seguramente escapando de la vida que no deseaba. De la monotonía vivida por y para otros. buscando sin saber que lo hacía, sin saber qué buscar.
Vagando...
De casualidad diría solo si descreyera del verdadero sentido de la palabra. Si menospreciara el valor de su significado real. Si no entendiera que la vida es una sumatoria de casualidades sobre la que se construyen falsas certezas. Como barandas que nos permiten asomarnos temerosos a espiar el abismo de nuestra propia existencia.
Como el resultado de una travesura que dejó de serlo en el preciso momento en que me dí cuenta de que sin ella nada hubiera cambiado.
Sencillamente la conocí.
Jóven y fresca. Con toda la vida iluminándole la piel. Escondida detrás de inútiles máscaras. Con la sonrisa sincera y la palabra franca cuando quería.
Este pensamiento me acompañó por días desde el preciso momento en que la conocí. El sabor de su voz, la luz de su piel y el olor de sus ojos habían quedado grabados en mí. Eran como ventanas abiertas que solo yo creía haber presentido.
Ventanas que invitaban a descubrirla y la convertían, para quién supiera verlas, en una mujer imposible de rechazar.
Así, de a poco fue invadiendo mi vida. Día a día fue llenando espacios vacíos apoderándose de mi razón. Aclarando y nublando mi pensamiento una y otra vez. Obligándome descubrir nuevos caminos para atravesar esas ventanas. Para abrirlas sin entrar, para pararme frente a ellas y dejar que me bañe su aire fresco.
Pacientemente.
Esperaba día a día el momento de verla. Ese momento en el que, desprovisto de prejuicios, desnudo en mis sentimientos y abierto a mis emociones me entregaba al más deseado goce.
Con los ojos cerrados, el pecho hinchado y los brazos abiertos para llenarme de esa fuerza vital que empujaba desde su interior.
Pasó una y otra vez.
Fue un sueño recurrente que se negaba a hacerse realidad. Conocerla y conocerme indivisiblemente. Fundirnos una y otra vez descubriéndonos. Cada vez más desnudos, cada vez más libres. Cada vez más juntos.
Qué es el amor sino aquello que te lleva al punto de gozar con la felicidad del ser amado aún a pesar de uno mismo?
No es acaso eso el verdadero amor. El amor desposeído, sufrido y gozante. Ese amor que se escurre entre fluidos que fuera de él serían antipáticos? No es acaso eso.
Y me resistí.
Intenté resistirme. El miedo a lo desconocido supo hacer bien su trabajo en mí. Pero el tiempo pasó y el tiempo todo lo acomoda. Hubo distancias, hubo historias, hubieron hijos. Hubo de todo.
Pero a pesar de eso el vínculo se mantuvo ileso. Una llamada, un mensaje, cualquier cosa bastó para nutrir de esa savia vital al vínculo creado. Para sentir, a pesar de la distancia y el tiempo, esa cercanía que supera el contacto. Que hace sentir la piel aunque no se la toque.
Cómo no quererte?
Cómo no desearte cada vez más, si cada encuentro, cada unión. Cada acceso fue una y otra vez distinto, revelador, embriagador. Como un viaje espiritual y lisérgico que se emprende sin destino pero del que se regresa diferente; más humano, más sabio, más sensible y mucho, mucho más felíz.
Cómo no quererte si tus ojos entrecerrados me invitan cada día a visitar un mundo infinito en experiencias y sensaciones latiendo en vos.
Como no extrañarte cuando no estoy en tu vientre apretado sintiendo los latidos de tu ser en mí.
Por qué y cómo. Contigo son dos preguntas que no necesitan respuesta.
Habrán sido tus piernas recogidas sobre el asiento del auto cuando preparabas un examen las que me enamoraron?
O fue tu beso apasionado en los acantilados aturdidos por el humo de la deslealtad?
O quizás el engaño descubierto y sostenido sin importar el precio a pagar?
O fue simplemente la fuerza de tu instinto que barrió con todo lo que puse entre vos y yo?
Cuando me dí cuenta de que ya no tenía nada que interponer lloré. Si, lloré porque simplemente me permití sentir. Sentir sin la necesidad de entender. Ya no fueron necesarias las respuestas.
Y como con una cadena de gruesos eslabones nos fuimos rodeando. Eslabones fundidos en humo de algún cigarrillo, forjados en momentos sin tiempo, templados en eternas charlas y en caricias sin principio ni final.
Un eterno presente.
Un presente florido y perfumado, un presente transitado y sentido. Un presente que extiende el momento más allá del momento mismo, eternizando las palabras y dándoles un nuevo significado cada vez.
Un “chiquita bonita” fue lo primero que me permitió expresarme en vos. Me obligó a verme a través tuyo sin que lo supieras. De allí en más todo fue un devenir de sucesos. De chorros de vida transcurriendo.
Una linda historia.
Una historia con su propia historia. Una historia atravesada por muchas otras historias. Una historia con más presente que pasado.
Una historia todo presente que aún no se termina de escribir.

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