Escribir es observarme desde otro lado. Me acomoda gentil y cuidadosamente la convulsión de la furia, el rugido de tripas de los celos, el deseo de muerte de la traición y el oscuro vacío de la ausencia.
Cuando escribo mis emociones se alinean y toman formas extrañas, engañosas. Alejadas de toda métrica y estilo. Negadas de realidades y embriagadas de falsas razones.
Es un ejercicio sanador de angustias, alegrías, recuerdos y cualquier cosa que en ese momento esté ocupando un espacio en mi cabeza pugnando por salir.
Y termina saliendo por la punta de mis dedos. Empujado por el único deseo de perdurar más allá del momento.
Escribir me abre la relajante posibilidad de vomitar mis fantasmas sobre el papel. De ver a mis demonios caminando en la hoja, arrogantes e insolentes. Pisoteando cada palabra escrita. Insultando y mintiéndose a sí mismos: Escondiendo heridas detrás de furias, iluminando oscuridades y robando alegrías para venderlas después a mi bajo costo.
Los observo apuñalándose despiadadamente para derramar su sangre negra sobre el papel antes de morir en una heróica y absurda batalla.
Una batalla sin causas, sin buenos ni malos, sin nada que ganar. Una batalla librada por el solo hecho de sentir el placer de vivir cada día.
Así funciona para mí.

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