¿Como se entiende la tristeza?

Ayer despedí (creo que se puede decir así, aunque la palabra me impone límites que no acepto) a una amiga. Simplemente se murió. 

Un segundo después del llamado que me lo anunció ya estaba muerta, como si el teléfono hubiera sido su verdugo. Ni un segundo antes, ni un segundo después: “Livio, murió Silvia”. Igual que aquella vez, mi dolorosa primera vez. Mi inaceptable primera vez. 

Cuando te perdí gran amigo. El dolor ahora no es igual, la relación tampoco lo era, pero la tristeza si. La tristeza que lentamente se va apoderando del cuerpo y los sentidos, de los pensamientos y los recuerdos, si es igual. Esa tristeza que nos adormece y nos debilita para dejarnos indefensos ante nosotros mismos. 

Increíblemente, a pesar del tiempo, la distancia y mi forma de relacionarme con ellos, los dos se fueron de la misma manera: Rápido. 

Como si una ráfaga, tan casual como inoportuna, se los llevara sin decir de dónde ni hacia dónde. Simplemente se los llevó para siempre, sin dejarme verlos ni tocarlos. Sin dejarme sentir su muerte de cerca. Sin dejarme experimentar y aprender el vacío que deja la ausencia de vida. Como un libro que se termina de leer y se cierra para nunca más abrirlo. 

Así me tocó vivirlo las dos veces. Así me permite seguir alimentando mi, tan absurdo como omnipotente, curioso desafío a la muerte, o a la ausencia de vida. Quizás esta forma de entenderlo me permita comprender la presencia de la tristeza misma. 

Chau Silvia, me queda tu risa sonora y tu espontánea sinceridad. Santi, a vos no te puedo despedir aún, quizás algún día pueda, un día sin tiempo, quizás mi último día. 

¡LA PUTA QUE TE PARIÓ PENDEJO!

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