Así nomás. Tan de pronto como cuando se desenchufa un televisor y desaparecen las imágenes.
Se entiende qué está sucediendo hasta que deja de importarte. Simplemente sucede a pesar de uno mismo. Está pasando con vos y a pesar tuyo.
El tiempo se corta, la medida desaparece y deja de pasarte. Simplemente transcurre.
Todo, absolutamente todo pierde importancia y comenzás a ser parte de ese todo sin escalas, sin promedios, sin valores absolutos o relativos.
El propio exterior asombrosamente (al menos para mí) se alinea en un sistema sin forma y con mil caras que, con intensidades, se conectan con uno.
Miradas y manos: Canales que se conectan desde adentro hacia fuera y no al revés.
Muchos tipos de miradas: Profundas, intensas, buscando respuestas que la mía debería devolver; curiosidad, perplejidad, angustia, preocupación, asombro.
Se entiende qué está sucediendo hasta que deja de importarte. Simplemente sucede a pesar de uno mismo. Está pasando con vos y a pesar tuyo.
El tiempo se corta, la medida desaparece y deja de pasarte. Simplemente transcurre.
Todo, absolutamente todo pierde importancia y comenzás a ser parte de ese todo sin escalas, sin promedios, sin valores absolutos o relativos.
El propio exterior asombrosamente (al menos para mí) se alinea en un sistema sin forma y con mil caras que, con intensidades, se conectan con uno.
Miradas y manos: Canales que se conectan desde adentro hacia fuera y no al revés.
Muchos tipos de miradas: Profundas, intensas, buscando respuestas que la mía debería devolver; curiosidad, perplejidad, angustia, preocupación, asombro.
Todas contenían algo lisérgico, apaciguador y reconfortante; sentimiento.
Ese sentir que en los profesionales marca la diferencia entre la pasión y el trabajo y entre los propios abre una especie de herida como deseando compartir tu sufrimiento.
También hubo manos, muchos tipos de manos.
Manos firmes y seguras. Invasoras, penetrantes, curiosas y dolorosas. Manos serias de toda seriedad.
Y manos suaves, húmedas, tibias… Manos de yemas sensibles que conectaban sin invadir pero entraban en mí igual que una zonda o un catéter, más allá del límite de la piel.
Ese sentir que en los profesionales marca la diferencia entre la pasión y el trabajo y entre los propios abre una especie de herida como deseando compartir tu sufrimiento.
También hubo manos, muchos tipos de manos.
Manos firmes y seguras. Invasoras, penetrantes, curiosas y dolorosas. Manos serias de toda seriedad.
Y manos suaves, húmedas, tibias… Manos de yemas sensibles que conectaban sin invadir pero entraban en mí igual que una zonda o un catéter, más allá del límite de la piel.
Como buscando tiernamente incorporar un torrente invisible cargado de vida, encapsulado en capas de emociones construidas con el tiempo compartido, con momentos y emociones, con sentimientos y recuerdos. Como queriendo inyectar él deseo de seguir repitiendo ese ciclo vital.
Hacia adentro (y gracias a una ceguera temporaria pero total que sumada a la fiebre, el estado de sopor, confusión y cierta agonía propios del proceso que esta sucediendo) se inicia un recorrido fantástico.
Lentamente se comienza a viajar hacia un espacio desconocido; oscuro, activo, intenso. Cada momento un poco más real y un poco más profundo…
Un espacio sin espacio y sin límites que lo definan ni contengan. Plagado de figuras en acción y fuera de toda necesidad de ser interpretadas. Simplemente transcurriendo indiferentemente ante mi mirada. Seductoramente caóticas y embrigadoramente absorbentes…
Desde hace ya bastante, y reflexionado con la cercanía de la muerte, supe concluir en que "mi mayor temor era tener miedo a morir”.
Hoy no puedo decir que lo haya tenido o no.
Pero aprendí que eso quizás no importa. Que en realidad poco o nada de lo que hoy nos importa tiene valor en ese espacio sin lugar ni tiempo.
Gracias a todos los que demostraron su dolor, interés, preocupación y hasta su curiosidad.
Todo eso fue parte de esto que ahora me hace decir que realmente estuvo bueno y valió la pena.
Fernanda Maribel Vera, incondicional inyección de vida. Mis hijos, Santiago Montiel y Mariano Montiel un poco más cerca que antes.
Mis amigos, trozos de vidas pasadas que se hicieron presente. Todo valió la pena.
Gracias.
Muchas gracias.
Hacia adentro (y gracias a una ceguera temporaria pero total que sumada a la fiebre, el estado de sopor, confusión y cierta agonía propios del proceso que esta sucediendo) se inicia un recorrido fantástico.
Lentamente se comienza a viajar hacia un espacio desconocido; oscuro, activo, intenso. Cada momento un poco más real y un poco más profundo…
Un espacio sin espacio y sin límites que lo definan ni contengan. Plagado de figuras en acción y fuera de toda necesidad de ser interpretadas. Simplemente transcurriendo indiferentemente ante mi mirada. Seductoramente caóticas y embrigadoramente absorbentes…
Desde hace ya bastante, y reflexionado con la cercanía de la muerte, supe concluir en que "mi mayor temor era tener miedo a morir”.
Hoy no puedo decir que lo haya tenido o no.
Pero aprendí que eso quizás no importa. Que en realidad poco o nada de lo que hoy nos importa tiene valor en ese espacio sin lugar ni tiempo.
Gracias a todos los que demostraron su dolor, interés, preocupación y hasta su curiosidad.
Todo eso fue parte de esto que ahora me hace decir que realmente estuvo bueno y valió la pena.
Fernanda Maribel Vera, incondicional inyección de vida. Mis hijos, Santiago Montiel y Mariano Montiel un poco más cerca que antes.
Mis amigos, trozos de vidas pasadas que se hicieron presente. Todo valió la pena.
Gracias.
Muchas gracias.
Comentarios