Dos copas

Resulta que el tipo tenía dos copas de cristal. No eran de las más caras. Pero si eran bonitas, terminadas con tallado a mano y de boca generosa.

Las cuidaba como si fuesen piezas valiosas heredadas por generaciones y a nadie le contaba que las había encontrado abandonadas en la calle, no olvidemos que para él eran un pequeño tesoro. Su único tesoro. 

Como los amigos siempre le decían que eran hermosas y preguntaban en dónde las había comprado, un día se decidió a ponerlas en una vitrina. Baratita, nada de antigüedades, pero el brillo que emanaban las copas hacia que no se notarán los detalles de mal gusto. 

Una vez por mes las sacaba, y las lavaba como si hubieran sido usadas. Aunque en realidad el muy tonto nunca las usaba. Las tenía solo para para cuidarlas. Tampoco permitía que alguna visita inapropiada le sugiriera usarlas para tomar algo. Siempre respondía con alguna excusa torpe e incomprensible. No le importaba si le creían o no, él así sentía que las cuidaba y con eso le alcanzaba. 

Así transcurría día tras día. Limpieza tras limpieza, excusa tras excusa. 

Hasta que por error, al manipular una de ellas cayó y se rompió contra el piso. 

El pobre tipo no lo podía creer! 

Rápidamente se arrodilló y trató de unir los pedazos. Cuidadosamente juntó uno por uno y los pegó de la mejor manera que pudo. A decir verdad, y dentro de todo, no le quedó tan mal... 

Allí fue cuando el pobre infeliz reflexionó y se dijo: tanto cuidarlas y al final se terminó rompiendo como cualquier copa. 

No importa se dijo. de ahora en más las voy a usar a diario para lo que sea. Y así lo hizo.

Claro, la copa arreglada inevitablemente, perdía su contenido. 

Entonces se le ocurrió lo siguiente; cada vez que tenía un invitado, él se quedaba con la copa rota y ofrecía la sana como símbolo de cordialidad. 

Así sentía que el tiempo que había dedicado a cuidarlas, al menos había valido la pena. 

Moraleja: No cuides nada demasiado que después lo termina aprovechando otro.

Comentarios