Bizarro

El turno con el médico me ayudó a salir a media tarde del banco. En estos días la sucursal se llena de gente nerviosa y apurada y el trabajo es vuelve monótono y cansador. Por suerte escapé antes de lo peor. 

Caminé lentamente por Florida hacia Retiro observando despreocupado las vidrieras, sintiendo el perfume de los árboles en la Plaza San Martín y poniendo mucha atención en la gente. Esas personas iguales a mí, corriendo y hablando por sus celulares de un lado a otro. Afortunadamente hoy yo no era uno de ellos...

Subí al tren casi vacío. Parecía distinto, la gente era distinta, mujeres sencillas con bolsas de compras, chicos yendo y viniendo traviesos de un lado al otro. Lejos estaba del mismo tren, hasta quizás el mismo vagón, que había tomado por la mañana, atestado de hombres con saco y mujeres de taco alto. Todos oliendo perfumes que en el vagón se confundían en una fragancia empalagosa, embriagadora como el más barato de los vinos. 

Rápidamente me senté junto a la ventanilla y comencé a mirar hacia afuera. 

A los pocos metros de comenzar a moverse el tren, siento un movimiento en el asiento que me obligó a girar mi cabeza (el paisaje ya conocido era aburrido; las mismas casas bajas, desiguales, eternamente incompletas e inertes hasta la llegada de sus dueños). Efectivamente, aunque muy lejos de mi deseo, tenía un acompañante. 

Tendría unos setenta años calculo. Su peluquín amarillo intentaba torpemente cubrir la ausencia de cabello, solo unos pocos se le escapaban del curioso cobertor; grises y quebradizos le conferían un aspecto entre gracioso y desagradable. 

Su camisa abierta hasta la panza permitía exhibir dos gruesas cadenas de algún material que, en el mejor de los casos, deber de haber sido un pariente muy lejano de la plata. Tuve que esforzarme para distinguir que de una de las cadenas pendía una chapa con una inscripción. Apurando la mirada llegué a leer “Lucía”. Quién sabe, quizás sea su hija, su pareja o algún amor lejano que se negaba caprichosamente a olvidar. 

Sobre la camisa negra y algo brillante por el paso del tiempo, llevaba un saco a cuadros con tonalidades verde y amarillo que combinaba espantosamente con un pantalón también negro un par de talles más grande que dejaba escapar el interior remendado de uno sus bolsillos y producía graciosas arrugas a la altura de su entrepierna. 

De a poco comencé a imaginar quién podría ser este personaje. Tenía tiempo y ya el paisaje exterior había perdido su encanto de singular monotonía.

Facilmente podría haber sido algún cantante de tango venido a menos, tal vez algún actor de poca monta, o quizás chofer de algún auto de alquiler... 

La curiosidad me llevaba a buscar algún modelo de desdicha en el cual él encajara. 

Estaba tan abstraído en esos pensamientos que no llegué a notar que me estaba mirando. Me incomodó bastante suponer que se diera cuenta en qué estaba pensando. 

Y si fuera capaz de leerme el pensamiento? Me va a increpar por mi juzgamiento? tendré que disculparme o levantarme e irme a otro vagón? 

Todo eso y más atravesó mi cabeza en una fracción de segundo…

- Quiere un chicle maestro? 

- Cómo? no le entiendo? 

- Si quiere un chicle. Me queda el último, tómelo. 

- No. Gracias. 

 Y él continuó: Disculpe si lo interrumpí. Es que lo ví tan concetrado en sus cosas, tan preocupado seguramente por los problemas de nuestro tiempo; la familia, los hijos, el dinero. Ahora, si fuese un tema de amores no se preocupe: Nunca pasan solo se aprende a vivir con ellos.  Se lo digo yo. 

Ya veo que le llevo algunos años y de amores no entiendo mucho pero si he sufrido bastante y aquí me tiene. Todavía entero y sin perder la línea, hay que estar siempre atento y elegante. Uno nunca sabe donde va a aparecer la dueña de nuestro corazón. Me entiende? 

Y, dicho eso volvió a pedirme disculpas por la interrupción, a lo que le respondí: No se haga problema, no estaba pensando en nada serio y casualmente me hizo ver que bajo en la próxima estación. 

Gracias y disculpe usted, le dije sin la certeza de que me hubiera entendido mientras comenzaba a pararme hacia el pasillo del vagón. 

Un vagón que ya no parecía ni tan sucio ni tan abandonado como cuando subí...

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