El sabio no toma decisiones inteligentes. Toma decisiones conscientes.

Hoy, ya transitando algunos pocos días de encierro y enfrentando lo particular de esto por nuevo, por inédito y por singular, llegué al punto en el que, una vez asumido lo inevitable de las reglas impuestas, comienzo un lento pero consciente proceso de adaptación. 

El mismo proceso que ya conozco por vivido, por sufrido y por disfrutado. 

Ese que nos expone a nuestra capacidad de adaptación mediante la castración lisa y llana de nuestras más anheladas fantasías de libertad de un mundo tan irreal como deseado. Un mundo en el que somos capaces de decidir absolutamente todo, hasta la propia imagen de una identidad perfecta plagada de virtudes y con ausencia de defectos. 

Entiendo (de hecho todos lo sabemos aunque no lo aceptemos) que la capacidad de adaptación es lo que nos permite seguir acomodándonos a un entorno que, de otra manera, nos excluiría insensiblemente en cualquiera de sus formas posibles. 

Supervivencia en su forma más rústica y elemental. 

La que viene embebida en nuestra escencialidad: La misma que, cuando chicos, nos llevó a aceptar las rígidas reglas de una escuela que no comprendía que no queríamos crecer. 

Aquella que, ya adolescentes, nos obligó a resignarnos amargamente ante el rechazo de una pasión tan ardiente como imposible. 

O cuando en la temprana adultez, fuimos lanzados brutalmente a la arena de un coliseo en la que debíamos aceptar las reglas. Las del poder del dinero. Y además aprender (como núbiles guerreros espartanos) que lo que uno obtiene, de una u otra manera, se lo está quitando a otro. 

Así aprendimos a controlar la angustia de las ambiciones amputadas por reglas que siempre parecían hechas para otros, como amargamente describe la cumparsita: “...En la rebeldía del que es fuerte y tiene que cruzar los brazos cuando el hambre viene…” 

Así, fuimos llegando a hoy: Adaptándonos. 

Ganando y perdiendo. Perdiendo y ganando. 

Un balance no apto para contadores ya que no hay saldo. Solo un infinito debe y haber en un balance que termina con nosotros mismos. 

Y hasta acá llegamos. Desafiando nuevamente y sin quererlo esta pandemia que nos fuerza a enfrentarnos a nosotros mismos pero con una novedad; es global y nos obliga a enfrentarla todos juntos, aún sin estarlo… 

Raro. Nuevo. Indefinido. Impredecible. 

Con desafíos que aún no conocemos y que indudablemente nos dejarán profundas cicatrices y experiencias que, como antes a nuestro pesar, nos harán algo más sabios aunque eso no signifique mejores resultados, solamente nos dará la posibilidad de conocer en dónde queda el abismo para elegir la dirección hacia donde queremos ir. 

El sabio no toma decisiones inteligentes. Toma decisiones conscientes.


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