El rayo de sol atravesó irrespetuosamente las cortinas alrededor de las 7 de la mañana.
Era un tibio rayo otoñal que se depositó sobre sus párpados cansados, arrugados y con algunas manchas que no dejaban ocultar los golpes de una vida difícil, sufrida y dejos de una tristeza fácil de explicar.
El viejo Arquímides se vio obligado a abrir los ojos. Parpadeó y se restregó fuertemente como si quisiera juntar las fuerzas con las que ya no contaba para comenzar el nuevo día.
Ya hacía mucho había traspasado la mitad de su vida. Una vida dura, difícil. Pero que supo transitar apaciblemente. Pausada y apaciblemente. Como quienes como él, vivieron sin poder elegir. Simplemente aceptando lo que el destino les ponía enfrente.
Bajó los pies de la cama sintiendo ese familiar crujido de rodillas que lo venía acompañando desde cuando él ya no recordaba. Las manchas del pijama le hicieron reflexionar en que el próximo franco debería dedicarlo a lavar algo de ropa: En realidad toda su ropa no eran más que un par de pantalones, tres camisas ya demasiado usadas y algunas remeras que, lejos en el tiempo, hubieron sido lucidas por algún joven del pueblo.
Comenzó a vestirse de la misma manera que siempre lo hacía; rutinaria y pausadamente.
Luego se dirigió a la puerta para ir a su trabajo de jornalero.
Era tiempo de cosecha y el día prometía ser largo y agotador.
Antes de abrir, echó la vista atrás; observó el desorden y se juró arreglarlo algún día.
Entonces abrió la puerta como lo hacía siempre. Miró al sol con sus ojos bien abiertos y se dijo: Hoy. Si hoy mismo. Por qué no. No se. Tal vez…
Y se alejó con su andar cansado, su espalda encorvada y la cabeza gacha por el mismo sendero que hoy parecía más verde, más suave y perfumado que otras veces.
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