Desiguales

Estaba parado en una esquina esperando una combi que me llevara a Capital cuando noté que una joven muy bajita se ubicó cerca mío.

Tenía una actitud nerviosa. Giraba la cabeza hacia los costados y sus ojos buscaban entre la gente con una curiosa mezcla de ansiedad y picardía, como si supiera que algo iba a ocurrir, aunque todavía no supiera qué.

Me llamó la atención porque, debido a una malformación congénita, su cuerpo tenía un aspecto extraño. Las rodillas tiradas hacia adentro y uno de los pies con el talón girado hacia afuera le daban un andar oscilante, casi inestable, que contrastaba con una pollera tubo, ajustada a unas caderas irregulares. La espalda, torcida como si alguien hubiese intentado escurrirla al nacer, estaba cubierta por una cabellera negra, de rulos grandes y desordenados, aunque cuidadosamente peinados, como si ese cuidado fuese una forma íntima de resistencia.

Después de algunos minutos, su rostro —grande y desproporcionado— adquirió un brillo particular. Ya no parecía tan fea. Los ojos se le abrieron como dos soles negros y se fijaron en una única dirección. Una dirección inequívoca, precisa, cercana.

Tan cercana que interrumpió mi fingida indiferencia y me obligó a girar la cabeza.

Ahí estaba él. El responsable de sus ansiedades. Tal vez el final de sus búsquedas. Sin duda, lo mejor que le iba a pasar ese día.

Era un joven no muy alto, también algo desprolijo, con una mueca indefinida, a mitad de camino entre la sonrisa y la cautela. El bastón blanco confirmaba una ceguera que, supuse, lo había acompañado desde el comienzo de sus días.

Ella se dirigió hacia él acelerando innecesariamente el paso, como si temiera que el tiempo pudiera arrebatarle el encuentro aun cuando la distancia entre ambos era mínima. Quizás sin saber que era su propia necesidad la que la empujaba.

Se besaron con ternura, sin exceso ni pudor. Ella cruzó su brazo debajo del de él y me devolvieron sus espaldas desiguales mientras cruzaban la calle.

Ese día yo estaba con las emociones algo revueltas y ellos, sin saberlo, me regalaron un pedacito de su felicidad. Una felicidad mínima, suficiente, que no necesitaba ser explicada.

(Banfield. Alsina y Larroque. Un mediodía cualquiera, de hace ya varios años.)



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