Y allí estaba ella. Al natural, relajada y tendida boca abajo dormitando.
Con la vida tatuada sobre la piel. Apasionada y enérgica, sin espacio para vacilaciones: Todo acción, acción irremediable, acción posible. Aún en el más indefenso descanso...
Sobre el sillón, su cuerpo blando delinea un horizonte de suaves curvas sobre un fondo de sensaciones. Completando una composición apaciblemente necesaria e indiscutiblemente relajadora.
Un pié inquieto roza traviesamente al otro buscando incomodarlo. Al tiempo que flexiona la pierna hacia arriba provocando un incómodo efecto de mujer jugando a ser niña.
Recorrer el límite de sus piernas con la mirada despierta sensaciones difíciles de contener y mucho menos de ocultar: El cuerpo se estremece, la respiración se acelera y la mente impide quitar la vista, nada en ese instante merece ser poseedor de mayor goce.
Su brazo extendido, desprovisto de tensión, termina en los dedos finos y largos. Levemente flexionados y relajados, como débiles protectores de unos glúteos ahora inocentes, pero irresistibles generadores del más carnal de los deseos; ese deseo que apura al tiempo y obliga a acortar el camino a recorrer.
La espalda relajada invita a apoyarse suavemente sobre ella para sentir su respiración tranquila y rítmica, casi narcótica. La más acogedora armonía musical con el escenario de un cabello prolijamente desordenado sobre sus hombros redondos, tersos y sabios de cargas pasadas.
Cuántas veces la habré visto así? Cien? Mil? Diez mil veces?
Inexplicablemente siempre me produce la misma sensación; una alquimia profunda y perfecta, dulcemente embriagadora y culpable de la más increíble dependencia de sensaciones y emociones.
Dormí tranquila chiquita y disculpá la intromisión.
No lo pude evitar.
Con la vida tatuada sobre la piel. Apasionada y enérgica, sin espacio para vacilaciones: Todo acción, acción irremediable, acción posible. Aún en el más indefenso descanso...
Sobre el sillón, su cuerpo blando delinea un horizonte de suaves curvas sobre un fondo de sensaciones. Completando una composición apaciblemente necesaria e indiscutiblemente relajadora.
Un pié inquieto roza traviesamente al otro buscando incomodarlo. Al tiempo que flexiona la pierna hacia arriba provocando un incómodo efecto de mujer jugando a ser niña.
Recorrer el límite de sus piernas con la mirada despierta sensaciones difíciles de contener y mucho menos de ocultar: El cuerpo se estremece, la respiración se acelera y la mente impide quitar la vista, nada en ese instante merece ser poseedor de mayor goce.
Su brazo extendido, desprovisto de tensión, termina en los dedos finos y largos. Levemente flexionados y relajados, como débiles protectores de unos glúteos ahora inocentes, pero irresistibles generadores del más carnal de los deseos; ese deseo que apura al tiempo y obliga a acortar el camino a recorrer.
La espalda relajada invita a apoyarse suavemente sobre ella para sentir su respiración tranquila y rítmica, casi narcótica. La más acogedora armonía musical con el escenario de un cabello prolijamente desordenado sobre sus hombros redondos, tersos y sabios de cargas pasadas.
Cuántas veces la habré visto así? Cien? Mil? Diez mil veces?
Inexplicablemente siempre me produce la misma sensación; una alquimia profunda y perfecta, dulcemente embriagadora y culpable de la más increíble dependencia de sensaciones y emociones.
Dormí tranquila chiquita y disculpá la intromisión.
No lo pude evitar.
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