Resaca

 Era una mañana atípica. El verano parecía haberse retirado sin avisar y el aire frío de la habitación me hizo consciente de mi desnudez. Al intentar enfocar la vista, observé mi cuerpo sobre el acolchado: pálido, liviano, ajeno. Mis brazos parecían más largos que la noche anterior. El vientre hundido. El miembro relajado sobre la ingle me resultó extraño, como si alguien lo hubiera olvidado allí.

Me incorporé apoyando la espalda en un montón de ropa y giré la cabeza buscando algún recuerdo que ordenara lo sucedido. El cuarto era el mismo de siempre: humedad en los rincones del techo, una rajadura persistente en la pared, el resto deteriorado, desordenado, sucio.

Entonces la vi. A mi izquierda, donde alguna vez dormía mi gato Ramón, estaba ella. Boca abajo. Un brazo flexionado bajo la mano, el otro extendido, los dedos apenas curvados. Desnuda. Una desnudez distinta, desconocida, inquietante por lo impropia.

Todo indicaba que habíamos pasado la noche juntos. La resaca no me permitía recordar quién era, qué había pasado, ni su nombre. Pero allí estaba. Desparramada en la cama, con el pelo cubriéndole parte del rostro. El perfil suave, sin aristas. Los labios entreabiertos. Su espalda desnuda dibujaba una línea limpia hasta perderse bajo la sábana, que censuraba lo justo como para obligarme a volver a la realidad.

Dormía profundamente, sin rastros de alerta, como si siempre hubiera estado ahí. Conmigo.

Me incorporé despacio. No para no despertarla, sino para no romper esa imagen. Lo mejor que me había pasado en mucho tiempo.

La cocina seguía sucia. Todo desparramado. Y de golpe empecé a recordar.

Habíamos entrado riéndonos fuerte. Algún vecino insultó. Reímos más. Otros insultos se sumaron hasta que cerramos la puerta. Ella ya estaba desaliñada, a medio desvestir. El vestidito floreado levantado, el bretel caído, una parte del pecho queriendo escapar. El vestido terminó en el suelo, en un rincón, como una prueba dejada a propósito.

Fue allí donde me tomó por los hombros. Me besó largo, hondo. Sabores mezclados de alcohol y tabaco. Olores que en otro momento habrían sido rechazados y que ahora resultaban familiares, excitantes.

No participé. Me dejé llevar. Cerré los ojos. Apoyé las manos en el mármol frío. Algo cayó al piso. Temblaba. Ella lo notó todo.

Manipuló mi cuerpo con cuidado, como si no esperara demasiado de él. Observó. Midió. Jugó. Mi erección fue lenta, trabajosa, casi concedida. Eso no la detuvo.

Cuando no aguanté más, la tomé del cabello y la obligué a mirarme. Busqué entender qué hacía allí con alguien como yo. Un tipo sin atractivo, desgarbado, vestido con restos del pasado.

No dijo nada. Solo sostuvo la mirada. Y luego señaló el cuarto.

El trayecto fue torpe. Cinco metros se volvieron una travesía. Zapatos, medias, una alfombra rota. Me apoyé en ella. Renuncié a moverme solo.

Me dejó caer sobre la cama. Abrió su corpiño sin apartar los ojos. Tenía más de cuarenta. Un cuerpo que invitaba. Brazos delicados, caderas generosas, muslos firmes. No pregunté nada.

Se movió sobre mí con urgencia. El frío seguía entrando por alguna ventana mal cerrada. Afuera los vecinos gritaban. Todo seguía siendo desagradable, pero ahora no importaba.

Se dejó caer sobre mi pecho. Agitados. El pelo desparramado sobre mi cara. Los latidos desacompasados buscando coincidir. Como si ese encuentro pudiera postergar algo.

El sol entró por la ventana de la cocina. Apagado por la cortina sucia. Los olores ya no eran tolerables. De pronto todo volvió a ser como siempre. Solitario. Triste. Sucio.

Frotándome los ojos fui al cuarto. No quería saber quién era. Solo verla. Pero no había nadie.

La cama deshecha. La ropa tirada. Faltaban un jogging viejo, una campera negra y mis zapatillas nuevas.

Volví a la cocina. Pensé que estaría ahí, preparando café.

Solo quedaba el vestidito floreado.

En el mismo lugar.
Esperando por ella.





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