Así de pronto. Sin permiso y sin respetar la precisión del calendario apareció el otoño. Una noche ventosa, un amanecer tardío y el aire fresco de la mañana lo anunciaron.
Lo encontró caminando lentamente, con la cabeza gacha, observando la punta de sus pies y contando los pasos. Uno detrás del otro se iban sucediendo en su lento derrotero.
El viento fresco y el crujir de las hojas muertas bajo sus pies le hicieron notar que él también era parte de ese otoño naciente con sus ropas gastadas y su andar pausado.
Sus zapatos marrones comenzaban a dibujar el contorno de los pies y ya habían perdido el brillo que supieron tener. Aunque, a pesar de todo, aún los prefería cuando tenía que calzarse para salir. Le hacían recordar los tiempos en los que brillaron, en los que él se sentía brillar a través de ellos.
Aquel tiempo en el que cada día se bañaba, perfumaba y se vestía con lo mejor que tenía para ir a la oficina. Ese lugar que supo ser todo para él, amigos, charlas, discusiones, algún piropo y los chistes gastados que siempre resultaban graciosos según quién los contara. Claro, hasta llegar las seis. A esa hora todo parecía apagarse y entrar en un otoño destemplado y opaco hasta llegar el nuevo día...
Concentrado en la caminata, se tomó el trabajo de observarse más detenidamente. No tenía apuro y el paisaje era igual al que diariamente recorría para cumplir con la única rutina que una autoritaria cuarentena le había impuesto. El barbijo obligado y su aliento contenido le empañaban los lentes haciendo aún más otoñal la visión.
Es cierto que en otoño todo parece fundirse. Se empareja en tonos y colores, en olores y formas. Ya no se pueden ver las estridencias que el verano siempre trae consigo. Los amarillos fuertes de los rayos del sol. Los rojos apasionados de las flores que se pelean por llamar más la atención y los olores fuertes, dulces, distintivos.
No. El otoño es otra cosa. Es como la sensación de quién entra a una librería de calle Corrientes en pleno día. Del bullicio de la calle, de repente, al cruzar la puerta se apagan los brillos de las luces, el silencio anestesia las ansiedades y el espacio solo invita a la reflexión.
Y él encima con el alma cansada y esos zapatos viejos…
Sin levantar la vista, puso su atención en las baldosas. Esas mismas que venía recorriendo desde hacía unos pocos y eternos días pero que nunca había observado. Eran todas distintas. Algunas rotas, otras levantadas, más nuevas o muy viejas.
Eternas testigos de cada cambio de tiempo. Partícipes necesarias y silenciosas de cada paso dado sobre ellas: De los rápidos y enérgicos, de los pausados y reflexivos. De los firmes, de los erráticos. Y de los que se deslizan suave y dificultosamente... De esos que pronto dejarán de pasar.
Así llegó al mercado, al que cada día iba a reponer provisiones; un trozo de queso, algo de pan, un paquete de fideos y… si la plata alcanzaba, una botella de vino. Su mejor compañera antes de conciliar el sueño.
Ese sueño que le prometía escapar de una realidad difícil. La pérdida de su trabajo, la soledad siempre presente después de un año de separación y ahora, justo ahora, el aislamiento obligado. El que lo apagaba cada vez más mientras transcurrían las horas de días monótonos, plagados de igualdades, llanos de emociones.
Un adormecimiento liberador que el propio sueño le permitía para, por unas horas, ser otro en él mismo. Que le regalaba vivir experiencias apasionantes, recorrer recuerdos montado en una infinidad de sensaciones que antes nunca había vivido y a veces, solo algunas veces, le ofrecía el más intenso el increíble goce jamás experimentado despierto. Ese goce en el uno se ve a sí mismo desde otro lado. Ese goce que entra por los poros e incendia el cuerpo como un ácido ardiente recorriendo cada centímetro de piel.
Pero ahora estaba en el mercadito. Esperando en la cola como todos los demás. No había distintos, todos iguales, con el mismo gesto. Con la misma actitud.
Unos y otros girando las cabezas buscando las respuestas que nunca vendrán. Todos iguales, forzosamente expuestos a sus propias igualdades con un barbijo como pretexto.
Aunque esquivas, las miradas no podían evitar transmitir mensajes. Mensajes de temor, mensajes de incertidumbre, mensajes de ansiedad, hastío y hasta de deseo.
Si, de deseo. Esas miradas furtivas en hombres y mujeres que no pueden ocultar ese deseo incubado en la obligatoriedad del encierro, en la soledad o en la saturación de la rutina.
La cola avanzó lenta hasta que le llegó el turno. Compró señalando con el dedo lo que quería. La repetición había logrado que sobraran las palabras. Contó el dinero en su billetera y, afortunadamente, le sobraba lo justo para una botella de vino barato. Mejor, pensó. Mejor barato. Al fin y al cabo no tenía mucho que festejar.
Y así volvió lentamente buscando a su alrededor algo nuevo. Algo que lo sorprendiera aunque sea por un segundo. Ni siquiera el perro que salió de su escondite con su ladrido ahogado pudo sacarlo de su letargo. Solo volvió con la bolsita de sus compras y los ojos de aquella mujer clavados en su memoria.
El vino y el sueño harían el resto.
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