La Montaña y yo

De niño dejar el barrio era algo impensado para mí. Estaba más allá de mi horizonte y del de mis padres.


Así fue que, por casualidad, un día me subieron a un avión y, en poco más de una hora, pisé por primera vez nuestro norte.


Y simplemente me enamoré sin saber por qué y sin necesidad de explicaciones: como el verdadero amor.


Sentado en un bar o a través de alguna ventana, ese paisaje lejano inalcanzable y misterioso siempre despertó mi más profunda curiosidad. 


El borde irregular de los picos cortando el azul eterno del cielo, la paz de las nubes cuando se tumban a descansar en sus cumbres y los rayos del sol que pintan las laderas de colores inimaginables, desde el primer momento tuvieron en mí un efecto narcótico. 


Me descubrí durante largos momentos imaginando cómo sería caminar por los pequeños valles con sus senderos traviesos, ajenos a las reglas de la geometría. He tenido la fantasía de caminar dondequiera que vaya, simplemente siendo parte de ese paisaje que envuelve y embriaga los sentidos.


Desde ese momento la curiosidad de cómo sería vivir allí se instaló en mi mente, en esa distancia que se niega a ser alcanzada.


Imaginé que el tiempo me fundiría con el paisaje; que el viento endurecería mi piel como las piedras que se agrietan con el frío de la noche; que el sol, cercano y abrasador, me ofrecería su luz y sabiamente la retiraría cuando ya no la necesitara. 


Fantasee con noches tempranas; frías y eternas compañeras de la soledad. Con mañanas festivas y exuberantes en sensaciones. Mañanas de olores y destellos. De sonidos tan distantes como misteriosos. 


Siempre, desde el primer día que lo viví, sentí que este paisaje me exponía sin filtro a mi verdadera dimensión como animal humano. Un lugar que aún no hemos podido transformar para ocultar nuestra insignificante pequeñez.


Un lugar donde el paisaje abraza los cuerpos como una enredadera y los desgasta hasta absorberlos en su inmensidad infinita y eterna.


Un lugar para morir bien. Me atrevería a decir.




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