Un Buen Motivo

Ese golpe en el ojo, certero y poderoso, fue el que más sintió de toda la paliza. Con la mente confusa y la vista nublada pensó que ya no estaba para esas cosas. Su vida había transcurrido a fuerza de golpes innecesarios; siempre fue a buscarlos sin saber bien por qué. Y ahora volvía a preguntárselo.

Serían unos minutos después de la medianoche. Las luces de la calle habían tomado el protagonismo que les cedieron las ventanas ya cerradas: juntitas, pegadas a la vereda, como precarias fortalezas detrás de rejas endebles y herrumbrosas. Intentos torpes de proteger vidas apagadas, consumidas en anhelos imposibles y esperanzas inalcanzables.

Caminaba con las manos en los bolsillos y el pecho hundido, tratando de esconderlo del aire frío que se empeñaba en meterse dentro. La vereda sucia y oscura, traicionera en sus irregularidades, ocupaba todos sus pensamientos hasta que, cerca de la esquina, algo rompió la monotonía. Apenas iluminado por la luz que el movimiento de los árboles llevaba de un lado a otro, vio un tumulto. A medida que se acercaba entendió que algo no estaba bien.

El ojo terminó de cerrarse por la hinchazón y su cuerpo empezó a resistirse a seguir en pie mientras los golpes llovían. Puños y patadas insistían en producir daño; los brazos, inútiles, apenas alcanzaban a cubrir algo. El dolor fue ocupándolo todo. De pronto, unas ganas violentas de vomitar lo ahogaron durante unos segundos eternos.

Eran varios muchachos acosando a una joven. Reconoció enseguida a la prostituta que solía parar en esa esquina buscando algún cliente trasnochado y poco exigente. De esos que, con escasa dedicación, le permitirían volver temprano a casa con algunos pesos escondidos en la suela de las zapatillas o directamente dentro de la ropa interior, cerca del sexo, como haciéndolo partícipe de la ganancia del día.

Serían cinco, tal vez seis. Desde lejos era un amontonamiento informe; de cerca, una tribu. Uniformados por ese rasgo inconfundible que da el desprecio acumulado durante años: la necesidad de identificarse entre ellos y contra todo lo que resulte ajeno.

Cuando cayó, su cuerpo golpeó blando contra el piso, sin ofrecer resistencia, como si ese fuera el golpe definitivo. Con la cara de costado sintió el calor de la sangre escapando por un tajo en el labio inferior. Pensó en por qué, pasada ya la mitad de su vida, seguía animándose a estas locuras. Hubiera sido más fácil llamar a la policía desde el celular que yacía destrozado al borde del cordón, hacia donde el hilo de sangre parecía dirigirse, humeante, en un último intento de pedir ayuda.

La chica no parecía aterrada. Se la veía acostumbrada. Como jugando un juego sin reglas que debía jugarse para sobrevivir y pasar a la siguiente etapa, siempre igual o más violenta.

Se defendía como sabía: insultando, arañando, amenazando con argumentos que quizá ni ella misma sabía que tenía. Mientras intentaban arrancarle la cartera y la blusa, ella descargaba un odio viejo y espeso sobre esas figuras uniformes, oscuras, indiferenciadas.

La pollera corta de cuero negro dejaba ver unos muslos firmes. Su piel joven y tersa brillaba en la oscuridad, ofreciendo una belleza incómoda a lo brutal de la escena. Recordó que más de una vez se había sentido atraído por ella, que la miraba de reojo al volver del trabajo, que su imagen lo acompañaba hasta su casa y hasta su cama solitaria.

Ver su sangre sobre las baldosas húmedas fue una inyección de adrenalina. El vapor de la sangre caliente sobre el frío del suelo lo reconectó con su propia furia. Apoyó los codos y comenzó a incorporarse, buscando con el único ojo sano un objetivo.

Uno solo. Un motivo suficiente para descargar lo último que le quedaba.

Distinguió a uno por su campera bordó, de anchas solapas, digna de algún cantante latinoamericano de rebeldía ficticia: anillos, collares brillantes, descapotables prestados. Tipos que se disfrazan de lo que nunca serán.

—¡Ey! ¿Qué hacen, imbéciles? ¿No ven que es una mujer sola, manga de cagones?

Dos de ellos se dieron vuelta, desconcertados. No entendían qué hacía ahí, metiéndose en algo que no le importaba. Era un hecho absurdo, ajeno a la lógica del barrio. Ese barrio gris, de edificios bajos y apretados, escaleras oscuras, paredes manchadas con frases de amores fugaces y venganzas imposibles. Un barrio atravesado a veces por un estampido sin origen ni destino. Donde lo importante es sobrevivir aprendiendo a huir, una y otra vez.

Cuando logró erguirse clavó la mirada en el de la campera bordó. Los brazos colgaban a los costados, el cuerpo ofrecido. Lo invitaba a que fuera él quien diera el golpe final, el que mañana pudiera contar cómo le rompió la cara a ese viejo estúpido que se quiso hacer el valiente.

El joven lanzó un golpe volado que le dio en la cabeza y el cuello. Lejos de aturdirlo, lo animó. Pudo mirarlo de cerca mientras tomaba su cuello primero con una mano y luego con la otra.

Con cuidado, como afirmándose, fue hundiendo los dedos hasta sentir los latidos de la sangre bajo la piel. Cayeron al piso, pero las manos no cedieron. Los golpes de los otros parecían venir de lejos. El cuerpo que los recibía ya no era el suyo.

Toda su vida monótona se concentró en la fuerza de esos dedos. No había dolor. No había nada que lo hiciera soltar.

La cara del muchacho empezó a hincharse. Los ojos se le inyectaron de sangre. Ofrecía cada vez menos resistencia. Hizo un par de arcadas, la lengua afuera, y clavó sus ojos en los de él. Entonces aflojó y se dejó caer a un lado, no sin antes buscar a la chica con la mirada.

Ya no estaba.

La imaginó corriendo sin mirar atrás, con la pollera corta y las piernas jóvenes sin rumbo ni destino.

Viva. Y huyendo.

La última convulsión lo ahogó en un vómito. Pensó en lo linda y joven que era. Pensó que hubiera sido buena idea llevarla a casa alguna noche. Tal vez lo haga uno de estos días.

Las luces empezaron a apagarse. Los gritos se volvieron lejanos. El viento frío dejó de ser frío.

Todos corrieron hacia un mañana que él ya no tendría.



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