Enero de 2024. CABA. Esquina de San Martín y Perón. Un día de semana cualquiera. Dos veinteañeros se dirigen a Plaza de Mayo a una movilización exigiendo volver a las clases virtuales en la UBA. -Viste a ese tipo? -Cuál? -Ese! El de traje y corbata. -Siii (ríe) se debe estar cagando de calor el pobre. -Una vez lo crucé. -¿Lo conocés? -No, aunque tuvimos una charla. ¡Va! En realidad él me habló. -Enserio? y por qué? -No se, simplemente pasó. Recuerdo que ese día iba caminando igual que ahora, apurado y enfrascado en vaya a saber qué cosa, como si fuera a llegar tarde a alguna parte. Estaba tan concentrado que me llevó por delante. Enseguida me pidió disculpas y no sé bien cómo ni porqué, comenzó a hablarme. Parecía estar acostumbrado a hacerlo con extraños, como si lo hubiese hecho toda la vida. Fue muy educado y bastante raro el tipo. Olía bien. La corbata a rayas azules y verdes estaba impecable aunque pasada de moda. La camisa blanca, perfectamente planchada con las iniciales L y M bordadas en el lado izquierdo del pecho. El cinturón de cuero de víbora combinaba con los zapatos negros que brillaban a pesar de estar bastante usados. Tenía el pelo algo largo aunque cuidadosamente desprolijo y estaba perfectamente afeitado. Era mediodía igual que hoy, hacía calor y se le notaban las gotas de sudor sobre la frente a pesar de no demostrar incomodidad alguna. Cuando se disculpó dijo que no me vió, que estaba distraído. Y en cuanto intenté hacer un gesto de “deje, no se haga problema”, comenzó a hablarme moviendo pausadamente sus manos. Le daba énfasis a cada palabra, como si estuviera hablando para mucha gente y quisiera que le presten atención. Me contó que había salido muy temprano de su casa porque no quería perder la costumbre. Que desayunaba solo y caminaba varias cuadras cada día por las mismas veredas hasta la estación del tren. También me dijo que, a pesar de hacer siempre el mismo recorrido, lo disfrutaba viendo como los árboles cambiaban sus colores en cada temporada y oyendo los sonidos propios de la mañana. También mencionó algo del olor del aire antes de la lluvia que no entendí muy bien. Pero no me animé a interrumpirlo, así que seguí escuchándolo. Continuó diciendo que llegar hasta aquí y cumplir el horario de oficina era toda una aventura. Después del tren tenía que tomar un subterráneo abarrotado de gente, todos más o menos igual; vestidos lo más elegantemente que podían e igualmente perfumados. Se viajaba incómodo y muy apretado. Mirar de reojo a los eventuales compañeros de viaje e imaginar a dónde irían y a qué se dedicaban, solía ser un entretenimiento que permitía superar más fácilmente esos eternos veinte minutos. Me contó que la salida de la muchedumbre por los pasillos era un verdadero espectáculo; la gente brotaba de las bocas del subterráneo como de un manantial para luego escurrirse lentamente entre las angostas y oscuras calles del centro. Me explicó que los mediodías salían todos más o menos a la misma hora y caminaban apurados para meterse en algún bar a comer un menú obligado y antojadizo (anónimas y grotescas imitaciones de las recetas domingueras de nuestras madres y abuelas). Y así, entre rápidos y voraces bocados, contarse historias y chismes de oficina: Alguna que otra infidelidad veloz y cercenada por la inclemencia de un reloj que marcaba un tiempo para cada cosa (predecesor inmediato del celular que supo perfeccionar el arte del control aún debajo de una sábana de hotel), un ascenso arreglado entre las paredes de un pasillo infidente o el inicio de una separación de la que la contraparte aún no estaba enterada. Cualquier tema propio o ajeno estaba permitido y libre de censura en la explicitud que ofrecían las apretadas mesas de esos bares. Curioso, finalmente me animé y le pregunté: ¿Iban muy lejos? De pronto su gesto cambió, me miró fijo como si yo no hubiese entendido nada y dijo: ¡No! Aquí mismo, las personas iban y venían durante todo el día. Los comercios competían por atraer la mayor cantidad de clientes en el menor tiempo posible. Se hacía difícil caminar y la gente era una rara mezcla de empleados, agentes de bolsa, turistas, prostitutas, mendigos y hasta carteristas esperando pacientemente la oportunidad de desvalijar a algún desprevenido. Todos nos conocíamos y a simple vista sabíamos a qué se dedicaba cada quién. Era fácil identificarnos en ese juego en el que todos participábamos de lunes a viernes cada semana del año. Dinero, sexo y alguna cuota de efimero poder eran el premio para algunos pocos mientras el resto transcurría pacientemente sus días como simples espectadores. Ta solo esperando la oportunidad que nunca les llegaría. Luego el innecesario pero obligado café en la oficina, y la rutina hasta las seis de la tarde. Recordó que, cuando uno quería retirarse en punto, debía cumplir con la ceremonia de recurrir a algún pretexto (poco creíble pero necesario) que justificara una salida prematura con el único fin de no ser el primero cuando llegue la hora de una nueva lista de despidos. Y de nuevo la ceremonia del subterráneo (ahora sin perfume, con la ropa arrugada y los pies húmedos de sudor), el tren y finalmente las veredas bañadas por las sombras de la noche, ya silenciosas y solo a veces quebradas por el ladrido de algún perro como única diferencia de un día como todos los demás... Cuando terminó de hablar, pensó unos segundos. Volvió la vista hacia mí, sacó una tarjeta de su billetera con su nombre en minúsculas y un número de teléfono, me la entregó, me dió la mano y se despidió con un “cualquier cosa llamame y te termino de contar” que no supe entender pero tampoco me animé a preguntar. Desde entonces suelo verlo por acá, caminando apurado por las calles vacías y despojadas de las miles de voces que, según me contó, una vez la habitaron. Eso sí, siempre de traje y con sus zapatos recién lustrados.

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