8:15 AM

Era un día como cualquier otro. Rutinario y apurado. Lucía salió rápido de la ducha, se envolvió en la toalla y, parada frente al botiquín, comenzó a buscar los cosméticos. 

Tenía que apurarse si no quería perder el tren para llegar puntual a la oficina.

Mientras buscaba en los cajones se vió de reojo en el espejo. Todavía estaba algo empañado pero llegó a distinguir su rostro. De pronto tuvo que bajar la vista para evitar que se le cayeran unos frasquitos al piso por el descuido.

Pero algo le había llamado la atención, así que dejó el delineador y el rubor en el cajón y volvió a mirarse en el espejo. No llegó a distinguir su rostro completo; la mitad izquierda estaba borrosa y las líneas de su rostro se desdibujaron entre las gotas pegadas caprichosa y desordenadamente al vidrio. Extrañamente sintió que estaba viéndose en el tiempo. Un tiempo sin lugar ni distancia. 

Tan solo un tiempo presente. 

La mitad derecha de su rostro, mucho más nítida aunque algo opaca. Indudablemente los años fueron haciendo su trabajo en sus casi 40. Aunque fueron años buenos a pesar de todo. Se sentía atractiva y cómoda con ella misma. 

“Cada día más segura en mis inseguridades” como solía decir cada vez que hablaba del tema.

De pronto se sintió observada. Buscando esconderse de esa mirada profunda y tolerante, inclinó su cabeza hacia la izquierda y su rostro se ocultó por completo detrás de la parte empañada. Entonces la imagen que le devolvió el espejo se convirtió en un conjunto errático de formas y colores indefinidos. Borrosos y luminosos a la vez. 

Los reflejos de la luz sobre el espejo, se transformaron en trozos de tiempo en la pupila de sus ojos. Momentos de un tiempo pasado pugnando por hacerse presente. Los recuerdos se apilaban como láminas unos sobre otros, le daban forma y color a hechos pasados: dulces y amargos, remotos y presentes.

Un tiempo circundante a su propio protagonismo.  Como un arquitecto de emociones y sentimientos efímero pero indiscutiblemente presente.

Padres y maestros. Pupitres y recreos. Juegos inocentes y de los otros. Puertas abiertas y puertas cerradas. Vidas y muertes. Alegrías, tristezas. Hijos, esposos, amigos, amantes… 

Lámina sobre lámina se acumulaban suavemente como las hojas de un libro que eran repasadas por sus pupilas dilatadas y fijas en el vidrio del espejo. Protagonizando ella misma cada hecho sin saber cómo ni por qué, sin proponérselo siquiera. Cada hoja caía sobre la anterior y daba paso a la siguiente en una sucesión ininterrumpida y vertiginosa pero irresistiblemente placentera.

Lentamente las gotas comenzaron a escurrirse sobre el vidrio, deslizando con ellas cada recuerdo hacia la bacha. Así, suave y naturalmente, se fueron uniendo hasta formar un hilo de agua que comenzó a correr entre las irregulares formas de la grifería hacia su destino final.

Mientras contemplaba la escena, Lucía se dió cuenta de que había perdido noción del tiempo, aún estaba sin maquillarse y casi sin secar. Descalza y mojada, corrió hasta el cuarto para comprobar que ya no llegaría al tren de las 8:15. 

Lejos de lamentarlo se quitó la toalla y la usó para secarse el pelo desprolija y ampulosamente para luego dejarla caer al piso y tirarse en la cama boca arriba, mirando al techo con sus ojos entrecerrados y una traviesa sonrisa dibujada en sus labios.

Ese día pasaría parte de enferma. Hacía mucho que no se sentía tan bien.






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