Rondaría yo los 13, tal vez 14 años. Como pocas veces en verano ese año habíamos viajado, mi padre, mi madre y yo, a visitar a su mejor amigo; Daniel.
Así se llamaba ese personaje que para mi padre simbolizaba todo aquello que había perdido con el matrimonio; las escapadas a las milongas de barrio, las salidas con amigos a tomar cerveza y los cortejos casuales a cuanta señorita se les cruzara en la peatonal de su añorada Santa Fe. Daniel se había quedado en la provincia junto con los mejores años de mi padre.
En Buenos Aires todo fue distinto para el viejo: Horarios ajustados, trenes atestados, jefes crueles y salarios insuficientes. Así eran las cosas acá. Pero bueno, todo sea por satisfacer los deseos de mi madre y darle la mejor crianza posible a su único hijo.
Èl estaba realmente eufórico. Se sentía jóven nuevamente. Al tiempo que mi madre se quedaba en la casa con la mujer de Daniel, él salía con su amigo de un lado para el otro con la excusa de visitar algún viejo amigo y quizás, porqué no, alguna antigua novia que le recordara lo mejor de esos años ya pasados.
Buscaba infructuosamente recrear aquellos tiempos en los que la vida nos ofrece lo mejor de ella para luego arrebatárnoslo cruelmente cuando lo desea, así nomás, de un día para el otro y sin avisar siquiera.
En una de esas salidas mi padre; “el Gringo” me dice; -Vení: Acompañame que nos vamos a la isla. De más está explicar cuánta fue mi emoción! Salir con mi viejo y Daniel era como sacar carné de adulto.
Así fue que llegamos al “rancho en la isla” de Daniel; una casita sencilla de madera a la vera del río Colastiné con un cuidador alcohólico y desaliñado llamado “el loco Lordi” y su amable esposa dispuesta a deleitarnos con un pescado frito que comeríamos en una mesa de madera grasienta y estratégicamente cercada por moscas arriba, mosquitos abajo y perros hambrientos alrededor.
En el entretanto, mi viejo, Daniel y yo (un pibito aún frágil y sobreprotegido por su mamá) nos acercamos a un bar medio destartalado frente a la costa. Allí, en una barra de madera también grasienta y patinosa, mi padre le pidió a un mozo desdentado y entrado en años dos “lisos” (esto para quienes no conocen la liturgia santafesina, les aclaro que son vasos medianos de cerveza tirada).
Pero justo al tiempo en que el desdentado se dió vuelta para servir, mi viejo me mira, duda un segundo, y finalmente me pregunta; ¿vos quereś tomar?
Claro! mi emoción fue tan grande que no me salían las palabras. Así que le respondí asintiendo con la cabeza mientras el flequillo me tapaba incómodamente los ojos.
Así fue, “liso” mediante, como comencé, sin saberlo, mi sinuoso y resbaladizo camino hacia la adultez.
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