Cuando exhaló su último aliento comprobé que la había perdido hacía mucho tiempo. No pude recordar cuándo ni cómo sucedió. Fue solo el tiempo; tiempo muerto y sin recuerdos el que se la fue llevando.
Lejos, muy lejos quedaron aquellos momentos compartidos en el camino a la escuela tomados de la mano. Atravesando las estaciones marcadas por colchones de hojas secas sobre el barro de las calles sin asfaltar o por las filosas escarchas que se quebraban debajo de nuestros pies y por las piñas que tanta curiosidad me despertaban marcando el inicio de la primavera.
Siempre lo hicimos caminando. Construyendo recuerdos con historias y chistes que se unían al paisaje haciéndolo único e irrepetible.
Ida y vuelta. De la mano y caminando. Ella contando yo preguntando. Y los pasos marcando la armonía del viaje.
Pasos cortos queriendo estirarse y pasos largos buscando acortarse que componían esa hermosa y eterna canción de cuna.

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