No recuerdo cuándo ni dónde. Mucho menos por qué. Solo sé que era yo.
Me lo dice una imagen desconocida que vino de un pasado fragmentado y confuso. Solo comprensible a través de estos recipientes de recuerdos desprolija y atemporalmente guardados en un cajón.
Una fotografía teñida de un antiguo color sepia y de líneas algo desdibujadas. La idea de que soy el que está en el papel pareciera darle color a la apagada monocromía aprisionada en la rígida geometría de sus bordes. El prolijo y oscuro flequillo del niño contrasta con su impecable guardapolvos blanco.
Allí estoy, en el centro de la imagen izando una bandera en algún patio de escuela. El fondo da fe de un tiempo con sus azulejos pulcros de apagados destellos.
Alguna maestra joven, cariñosa y aún abundante en buenas intenciones, seguramente supervisa la correcta posición del pequeño patriota.
No se la ve, pero su presencia se refleja como un manto de corrección sobre todo: Mis manos sosteniendo la soga, la mirada hacia un símbolo vacío de afecto y hasta sobre la rigidez de los ángulos forzados a componer una perspectiva adecuada.
Extraña sensación la de compartir este momento presente con un pedazo de papel que me sumerge en un pasado rico en secretos eternos y afectos olvidados. Desbordante de curiosidades de un futuro que es hoy.
“Pasado, futuro y presente”. Desordenados y atemporales como en el cajón del que salieron.
Y al que regresará para siempre.

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