Más tarde que temprano, termino de armar la moto y salgo a la ruta. Panamericana, autopista Rosario/Córdoba y finalmente Carlos Paz.
Habrán sido unas nueve horas de charlas solitarias jugando con el acelerador. Encontrándome de nuevo en cada pensamiento, en cada sensación que el viento y el paisaje me iban transmitiendo.
La villa está casi igual. Recordando mis primeras vacaciones con mis padres en la casa de un abogado amigo de vaya uno a saber quién, recorro lentamente las calles tratando de encontrar algún recuerdo que se me haya perdido con el paso del tiempo.
La primera experiencia la tuve bien pisé Carlos Paz. Paro en una Axion y un tipo que estaba con su mujer la deja, se viene a mi mesa y me empieza a contar que él también tiene una moto; que también le gusta viajar pero andaba con poco tiempo, que en ese momento me envidiaba y por eso se acercó a hablarme.
Todo transcurrió mientras su mujer esperaba sola y fastidiada jugando con el celular en una mesa cercana. Después de un buen rato, la cosa terminó con la más original y espontánea hoja de ruta que nunca tuve. Vine a la deriva y ya tengo a donde ir y un nuevo amigo para reencontrarme.
Día 2: La cosa se puso brava.
Un hermoso amanecer en Carlos Paz. Todo indica que va a ser un día tal como lo había planeado: Sin planes. Armo la moto y me dirijo hacia las enigmáticas “Altas Cumbres cordobesas".
Ya arriba y tratando de llegar a un pueblito perdido llamado Copinas la transmisión de la moto me hace saber que no deseaba terminar el viaje conmigo. Al grito de Uy Dió y LPM decido acelerar mi llegada a Mina Clavero.
A medida que subo la cosa se pone más difícil. Todo empieza cuando a una nube traviesa se le ocurre posarse justo delante de mí, trayendo el fin del camino a la punta de mi nariz. El tablero me dice que la temperatura bajó más de diez grados y una fría llovizna de gotas gruesas me empaña el visor. Solo faltaban rayos y destellos para hacerme creer que estaba entrando al mismísimo infierno del Dante.
Habrán sido cuarenta minutos en donde mi única guía fue la línea amarilla del asfalto.
Cuando la calma sucedió a la tormenta y creí que lo peor había pasado, noté que la cadena de la moto había hecho su último y gran esfuerzo. Estaba decidido que sus restos descanrían allí. Al pie de la montaña.
Como pude llegué a Mina Clavero, busqué alojamiento y algún lugar para comer. Así, mirando en donde almorzar, terminé en un local oscuro y húmedo; lleno de humo y con algunos borrachos que me miraban con sus ojos brillosos y curiosos, dándome a entender que era la única cara nueva en ese lugar en mucho tiempo.
“La Gota de Grasa” es algo así como un comedor chiquito, con una sola puerta de entrada y sin ventanas. Tiene algunos estantes con botellas envueltas en capas y capas de tierra que impiden leer las etiquetas y a un ojo curioso se le dejan ver algunas antigüedades arrumbadas caprichosamente en rincones incómodos y mal conservadas. No habrá más de 4 o 5 mesas y a las sillas hay que sacarles las migas antes de sentarse. La parrilla está adentro del local; una especie de chulengo untado en grasa ancestral por fuera y por dentro que llena el espacio de un olor característico mezcla de carbón, grasa y mugre.
Conocedor de esos nobles ambientes, desde la puerta pregunté quién era el dueño.y del rincón más oscuro y lúgubre siento una voz que me responde; “qué anda buscando amigo”.
Todo siguió con el mejor asado que comí en mucho tiempo y tomando varias cervezas con mis nuevos amigos de copas.
Los vapores del alcohol se me disiparon un par de horas después, en la habitación del hotel, con una voz que desde la puerta me decía: “Che porteño, la moto es tuya”. Así como pude abrí la puerta y me encontré a un gordo bonachón que me quería avisar que tenía la cadena hecha bosta. Era uno de los cinco moteros que llegaban a hospedarse con sus brillantes corceles recién comprados.
La cosa siguió durante la cena en el patio del hotel con asado, vino y charla hasta que pasada la medianoche, la lluvia nos obligó a tapar la cuarta botella para irnos a dormir.
Día 3: Atardecer de un día agitado.
El día comenzó con todo el Olimpo empeñado en hacerme perder la paciencia. Mercadolibre me demostró que no es un buen aliado en emergencias. No tener a un ser humano que responda del otro lado cuando uno tiene un problema es algo que la tecnología aún no ha podido superar: Compré la bendita cadena, no la pude pagar, la hice comprar por otro, no me la podían entregar…
Finalmente tuve que tomar la decisión de arriesgarme a ir a Córdoba con la cadena agonizando. El mismo chico, un pichón de Joe Girad de no más de 22 o 23 años, que me la entregó se preocupó por conseguir alguien que me hiciera el reemplazo un sábado a la tarde. Mensaje a uno, mensaje a otro; -creo que alguien puede, pero está en las carreras. -Esperá que dice que conoce a otro. -Listo! Llamalo al “sapo”. Te vas a tener que ir a Alta Gracia. Andá despacio.
Todo terminó cuatro horas después con la moto reparada en la casa del “Sapo” que se negó rotundamente a cobrarme por el trabajo. Los moteros estamos para ayudarnos me dijo cuando nos abrazamos en la despedida.
Alrededor de las seis de la tarde encaré de nuevo hacia Altas Cumbres para cerrar el día en Mina Clavero.
Empecé tranquilo hasta que el mismísimo Satanás desató una batalla de vientos sobre mí. las ráfagas confundidas y errantes me golpeaban de izquierda, de derecha, de atrás, en contra. La moto se iba contra la cornisa y de pronto me llevaba al centro del asfalto. No había forma de encontrar la velocidad adecuada para compensar los embates del viento así que me relajé y me dejé sacudir como cuando mi vieja se enojaba conmigo por una mala nota del colegio. De a poco el sol desapareció y la oscuridad se sumó para confirmarme que efectivamente iba a tener un día difícil hasta el final.
De noche llego al hotel para comer algo rápido y descansar. Pero bien sabemos que “la sangre tira pero el alcohol hermana” así que me acomodé un poco las chapas y encaré, inevitable e inequívocamente, hacia “La Gota de Grasa” nuevamente.
Mientras engullía un trozo de carne y tomaba un vino con el dueño sentado a mi lado, con lujo de detalles le relaté lo que había sufrido las dos veces que crucé por las Altas Cumbres.
Cuando terminé me miró y me dijo: “Amigo, si el mundo tiene culo, está allá arriba”
Día 4. La satisfacción de un regreso sin gloria.
Solo faltó una cosa para ser un viaje perfecto.
Y ella bien lo sabe.
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