Viva Super Livio.

El colegio industrial era para los chicos y el comercial para las chicas. 

Los chicos que soñábamos con ser como los superhéroes que veíamos en la tele teníamos que ir al colegio industrial y yo no fuí la excepción. “John F. Kennedy” se llamaba. La figurita difícil por aquel entonces. 


En esa época la  argentina nos prometía que ensamblando cables con delicada precisión tendríamos el futuro asegurado y yo estaba dispuesto a enfrentar ese desafío con coraje y dignidad ante la mirada atenta y orgullosa de mis padres


Fue el primer fracaso de mi vida. 

No sé si por mérito de mis negadas incapacidades o si anticipé que el país faltaría a su promesa. Pero lo concreto es que en apenas tres años desintegré el sueño de mi padre y convertí a mi madre en atea de toda creencia religiosa o pagana.

Mi breve paso por el colegio industrial incluyó toneladas de amonestaciones y una memorable serie vertical de unos en un boletín que aún hoy permanece vergonzosamente oculto. 

Afortunadamente el destino me ayudó a tomar la decisión que solo no podía tomar: Fui deshonrosamente expulsado allá por la mitad del tercer año.

No recuerdo bien si fue por silbar y salir del aula cuando se me dijo “señor, si quiere silbar váyase afuera”. Por ese infortunado “Viva Super Livio” escrito cuál campaña política en cada rincón y banco del aula. Por las amenazas a un preceptor en la propia sala de profesores ante la mirada atónita de todos. Por culpa de un compañero que casi se cae de un tercer piso cuando con un grupo de energúmenos lo empujamos en medio de una batalla campal (Perdón Morandi). O si fue por mi sed de justicia al no presentarme a un exámen sorpresa que terminó en una manifestación frente al colegio coreando improperios e insultos a los directores que nos miraban pacientemente. Registrando la cara y el apellido de cada uno de nosotros por última vez.

Probablemente la sumatoria de estas cuestiones provocó que más temprano que tarde se me acumularan las temibles quince amonestaciones. Ese número 15 escrito en tinta negra y remarcado con fuerza inusual por el preceptor en la libreta de comunicaciones. 

La sentencia fue inapelable y la ejecución limpia y rápida:  En menos de cuarenta y ocho horas debía conseguir un nuevo colegio. No sin antes sufrir el escarnio de tener que ir con mis padres a escuchar, con lujo de detalles, lo que acabo de contarles en la voz grave  y sepulcral del verdugo elegido. El que con impecable profesionalismo y precisión les detalló más hechos de los que yo mismo recordaba.

El regreso a casa fue silencioso. El colectivo parecía vacío. Mi viejo sabía muy bien transitar sus amarguras en silencio, la vida se lo había enseñado de chiquito. Mi  vieja, en cambio, miraba por la ventanilla buscando en algún lugar de esas casitas bajas y sencillas una respuesta a sus ilusiones truncadas, pidiendo explicaciones de cómo pasó  exactamente lo contrario de lo que ella había soñado para su único hijo.

La opción elegida fue el Bachiller. El Comercial seguía siendo para las chicas.




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