Atardecer de un 1 de enero.

Las luces todavía están prendidas

cuando el primer día de un nuevo año comienza a apagarse. 

A lo lejos, las nubes se acomodan lentamente

para desaparecer en la oscuridad de la noche.

Desconociendo la fingida trascendencia

que marca el almanaque.

Muriendo para renacer una y otra vez.

Indiferentes a nuestra negada finitud.




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