Mi primer excursión de pesca y sexo.

Ricardo García se llamaba. Era poseedor de ese tipo de soberbia que solo se obtiene de una madre sobreprotectora y un padre ausente. Alto, robusto y con panza prepotente; redonda, alta y hacia adelante. Tenía ojos chiquitos y naríz como tobogán de “parque acuático"; larga, sinuosa y en punta hacia abajo. Con notable seguridad solía entrar a los exámenes sin miedo; desafiante y seguro. Y salía con la misma actitud; cabeza en alto y mirada firme luciendo un flamante tres que sumaba a una larga lista de aplazos. No era de los malos pero tampoco le esquivaba a una buena pelea. Sobre todo si era de muchos contra uno. Sabiamente siempre se ubicaba del lado de los muchos.

El otro era Fernando. Fernando Brion. Serio y con una mirada que había que estudiar para conocerle las intenciones. Se movía como un lord inglés y observaba todo con la mirada de su padre (me tomó varios años darme cuenta de eso). Meticuloso, responsable y pulcro, consecuencia de una madre dedicada y cariñosa. Hubiera sido el estudiante perfecto si no fuera por su único defecto; esa muesca que, a modo de sonrisa, lo delataba. Tan solo esa  comisura levemente levantada te hacía saber que era uno de los nuestros; Igual de pelotudo pero bien educadito.

Y yo el tercero, el que venía de una primaria intrascendente. Con maestras a las que cada fin de año había que recordarles como me llamaba. Ni buenas ni malas notas. Ni buena ni mala conducta. Mi único mérito cuando egresé fue haber cagado a palos al más grande y fuerte del colegio. Bueno, en realidad fue fuera del colegio. Pero la trascendencia del hecho había atravesado las gruesas paredes que separaban las aulas del club lindero; el Country de Banfield: En donde aprendíamos que ser grandes era que otro como nosotros nos explicara con lujo de detalle sus fantasiosas epopeyas sexuales, medir quién la tenía más grande en el vestuario y lastimarse la garganta con los primeros cigarrillos que algún hermano mayor siempre conseguía.

Justamente fue un hermano. El hermano mayor de una tal Vasallo. Famosa por ser la flamante poseedora de las tetas más lindas y grandes que existían en el universo escolar. Ese hermano que con sobrada convicción ya forjaba su vocación de delincuente. Años después supe que lo había logrado, aunque le duró solo unos días y terminó preso. Él hizo que nos peleáramos vaya uno a saber por qué, quizás por placer, por aburrimiento o por que sí. 

La cosa fue breve y heroica, aunque debo confesar que el miedo que tuve cuando ví al “Poyo” sacarse la camisa fue quién lo venció. Melena rubia y cuerpo de fisiculturista: Un verdadero titán de 13 años. Cuando el efecto narcótico del miedo me abandonó, me descubrí azotándole la cabeza contra el suelo y deseando que nunca se parara porque sin la invalorable ayuda de mi miedo me encontraba indefenso. Pero ese será tema de otro relato. 

Ahora estábamos en el primer año del secundario; Ricardo García, Fernando Brion y yo; tres antihéroes hechos y derechos. Así, sin tener mucha idea de para qué estábamos ahí, llegamos a nuestras primeras vacaciones de invierno juntos. Vacaciones que en esa época y condición social, al menos para mí, solo consistían en no ir al colegio.

Lo que Fernando y yo no sabíamos era que el padre de Ricardo era un apasionado de la pesca, algo que en esos momentos ocupaba mucho de mi tiempo libre. Aunque los anzuelos, tanzas y cañas nunca habían salido de mi habitación; siempre estuvieron celosa y prolijamente guardados en una caja de pesca de madera junto a las de fotos de mujeres en pelotas que completaban todo mi universo de interés por aquel entonces (hoy la pesca ya no me interesa).

Resultó que el padre de Ricardo también tenía una cabaña en la laguna de Adela. Y además la cabaña estaba en un club de pescadores; y además el club tenía un restaurante. Y además era atendido por una mujer con culo y tetas enormes que, además, según nos explicó acercando sus labios a nuestros voraces oídos, era conocida por acceder fácilmente a los más secretos deseos de los pescadores.

No pasaron más de dos días que ya habíamos hablado con nuestros respectivos padres y ellos entre ellos (nunca lo sabré) pero todos contábamos con el permiso para iniciar nuestra primera aventura de pesca y sexo en la laguna de Adela. 

El ocaso de un frío jueves de invierno nos encontró pulcros y ansiosos en el andén de la estación de Temperley. Me acompañaba mi caja de pesca con todos mis anzuelos, boyas y tanzas (las fotos de las minas en pelotas las dejé en casa). 

El tren era el mismo que tomaba con mi mamá cuando viajabamos al centro. En mi casa no se decía ni Buenos Aires ni Capital. Hablar del “El Centro” significaba todo aquello que refería al obelisco previo paso por estación Constitución. Del Obelisco a la izquierda, del obelisco a la derecha… La cosa se complicaba con las diagonales que, indefectiblemente, nos llevaban a sitios desconocidos y obligaban a mi mamá a preguntar a algún distraído ante mi mirada curiosa, que desde abajo, le apretaba la mano con más fuerza cuando esto sucedía.

Con la cara pegada a la ventanilla jugaba haciendo dibujitos con el aliento en el vidrio mientras veía como cambiaba el paisaje. Lentamente las casitas fueron desapareciendo y la oscuridad se adueñó de todo. Solo el horizonte conservaba la silueta de pocas construcciones aisladas apenas distinguibles por alguna luz amarillenta y desolada.

De pronto me sentí grande. Y en un inusual arranque de independencia fui hasta una de las puertas para sentarme a sentir el viento frío en la cara. Me acomodé en el estribo con un pie en el primer escalón, el otro en el escalón superior y una mano sosteniendo mi mentón. No habrán pasado más de cinco minutos de mi poética actitud cuando la realidad en forma de piedra me golpeó en la frente. Justo arriba del ojo derecho. El proyectil me pegó con tanta fuerza que casi me deja inconsciente y sin un ojo. Afortunadamente fui asistido por unos hombres que vieron todo y me llevaron al baño del vagón, uno de ellos era un tal Omar Moreno Palacios, músico y pariente lejano de un tío según supe años después.

Con la frente hinchada y un ojo semicerrado llegamos de noche a Adela. Cuando el tren salió de Chascomús el guarda anticipó a viva voz “Próxima estación Adelaaaa”. Lo que no aclaró, ni siquiera en voz baja, es que Adela no era una estación.

Unos quince o veinte minutos después el tren se detuvo al mismo grito de “Adelaaaa” en la más absoluta oscuridad. Y antes de que acomodáramos nuestras pupilas ya se había ido dejándonos como Penélope pero sin banco, sin estación y sin tener idea de para dónde ir. 

Mi primer contacto con el lugar fue poco menos que aterrador. Hasta entonces, en mi larga vida de 14 años, nadie me había explicado que en el campo no solo no hay estaciones, tampoco hay iluminación, ni casas, ni caminos y ni siquiera perros que nos ladren dándonos alguna referencia de hacia dónde no ir.

Así que al mando de nuestro inexperto líder (Ricardo siempre había ido en auto con sus padres) comenzamos a caminar bajo sus imprecisas instrucciones entre malezas, pozos y piedras que nos aparecían de golpe como en un tren fantasma.

Después de unos 15 minutos de trajín con los bolsos y mi caja de pesca de madera (tan grande y pesada como inútil) divisamos el club. Lo reconocimos por las luces del restaurante que era lo único iluminado a esa hora, y hasta ahí nos dirigimos. Todo estaba vacío, así que golpeamos unos vidrios hasta que “La Lucía” nos abrió (no recuerdo como se llamaba, pero ese nombre me devuelve a esa confusa y afiebrada sensación de protección que vivía por aquella época hacia las mujeres grandes, las de verdad).

-Hola Ricardito. ¿Qué hacen solos a esta hora por acá? (en nuestra más profunda idiotez, mi amigo Fernando y yo fantaseamos con que ese saludo era una especie de código secreto entre ellos y que en realidad estaban acordando una orgía o algo de eso).

-Hola Lucía. Dijo Ricardo engrosando la voz y con gesto de autoridad (me di cuenta porque era el mismo que usaba cuando lo aplazaban). Mi papá me dijo que nos des las llaves de la cabaña que ellos vienen el Domingo.

-Ah, bueno, esperen que las busco. Dijo Lucía girando sobre sus pies y completándonos la imagen que habíamos soñado mientras caminaba hacia el fondo del local. Era cierto. Ricardo no nos había mentido; tenía dos tetas enormes y un culo grande y redondo. ¡El culo más grande y redondo que hubiéramos imaginado y además en un club de pesca! Todo mejoró de golpe y estábamos comenzando a transitar ¨nuestros días perfectos” (perdón Fontanarrosa, yo sé que me vas a entender).

Lucía era efectivamente una mujer de unos 30 años. No era fea, pero seguramente había tenido tiempos mejores. Antes de que  el letargo de una vida sencilla, sin demasiados sobresaltos ni alegrías apagara su brillo. 

Enamoradísimos fuimos con Lucía que nos invitó a seguirla con un inigualable movimiento de caderas. Los tres en fila; Ricardo primero en una ubicación privilegiada y detrás nuestro Fernando y yo que torcíamos la cabeza para un lado y el otro con la explícita y necesaria intención de mirar el contorneo de su vestido floreado.

La cabaña era de madera y chiquita, bien de pescadores. Tenía lo básico como para pasar un par de noches: Una cocina pequeña con una habitación en el mismo ambiente y dos camas, una enfrente de la otra pegadas a las paredes, una era del tipo cucheta, una abajo y otra arriba. La única puerta interior conectaba ese ambiente con la habitación independiente con cama doble.

Ricardo se ubicó en la habitación de los padres y nosotros en las camas de la cocina. Por algún motivo que claramente no recuerdo, con Fernando tomamos la equivocada decisión de que él iba a la cama individual y yo en la de arriba de la cucheta. De más está decir que no habíamos previsto que teníamos que comer, así que Ricardo usó sus influencias para conseguir algunas latas de algo que devoramos para mitigar el frío que ya nos estaba entrando a las tripas.

Por la mañana, cuando abrimos la puerta descubrimos que estábamos justo frente a la laguna. Apenas una plataforma de madera y una baranda separaban la casa de la orilla.

El horno de barro completaba el equipamiento exterior.

Por aquella época, la laguna estaba tapada por algo que aprendí se llama gambarrusa. Una cantidad infinita de plantas flotantes muy altas que solo dejaban pasillos de agua para circular, algunos anchos y otros tan angostos que era casi imposible navegarlos.

La escarcha empezó a levantarse formando una neblina baja y fría que humedeció las zapatillas y nos mojó los pies cuando fuimos al muelle y subimos una piragua naranja que tenía impresa la marca “Del”. 

Es de un amigo de mi viejo, nos dijo Ricardo. Es el dueño de una fábrica que hace señuelos. Usémosla, total nadie controla, dijo sabiamente y con el mismo todo de voz que ya le conocíamos.

Para los que no saben, una piragua es algo así como un kayak pero sin la parte de arriba. Un híbrido entre un bote y un kayak o un kayak de primera generación que algún esquimal medio drogado habrá inventado. Como la piragua es muy angosta e inestable, suele venir provista de dos flotadores móviles que le dan estabilidad. Pero eso era para novatos. Ni en pedo íbamos a ponerlas para que Lucía se avive de que éramos tres inútiles.

Como pudimos cargamos los equipos en la piragua. Ricardo llevó la caña de fibra de carbono que el padre había hecho traer exclusivamente de Alemania y zarpamos en busca de los grandes peces.

Adela se caracterizaba por la pesca de tarariras. Un pez voraz y de buen tamaño como para hacer divertida su pesca, siempre y cuando se tenga la suerte de sacar una.

Solo las vimos saltar alrededor nuestro sin el menor interés por nuestras carnadas. Ricardo, que a esa altura ya era nuestro Sai Baba, nos explicó que deberían estar en época de desove y por eso no picaban (años después supe que eso nunca sucede en invierno). Convencidos de su ciencia y después de no más de veinte  minutos de aburrimiento decidimos buscar nuevas aventuras navegando desafiantes por los canales que la gabarrussa nos ofrecía.

Al rato la piragua estaba arriba de una mata de algas tan espesa que tuvimos que dejar los remos y empujar agarrándonos de las ramas para avanzar a la increíble velocidad de un metro cada media hora. Estábamos exhaustos y totalmente perdidos (la altura de la vegetación no nos dejaba ver el horizonte), cuando llegamos a un puente bajo que oficiaba de esclusa entre una laguna y otra que no tenía vegetación y nos permitiría volver a la cabaña remando.

Vaciamos la piragua y torpemente la fuimos levantando hasta que logramos pasarla del otro lado (después supimos que esa maniobra le había producido rajaduras en el casco por las que entraba el agua). Ricardo me ascendió a contramaestre y me pidió que subiera a la piragua para cargar los trastos.

Orgulloso de mi nuevo rango, estiré una pierna y la puse en la embarcación que se bamboleaba sospechosamente. En cuanto puse el otro pie caí de espaldas al agua provocando un tsunami que hizo que se mecieran las gambarrusas, volaran los patos y croaran las ranas creando un hermoso espectáculo lacustre.

No hace falta recordar que estábamos en vacaciones de invierno. No deberían hacer más de 10 grados. Por suerte mis viejos me habían mandado a aprender a nadar así que, a puro manotazos logré que me sacaran de un tirón.

El regreso fue más rápido aunque bastante frío, al menos para mi.

Ni bien llegamos a la cabaña me pegué una ducha caliente y me vestí con lo poco seco que me quedaba y creo que con una campera prestada de Ricardo. Plato de fideos y a prepararnos para el próximo día.

En la habitación principal había una estufa a garrafa y nosotros teníamos un calentador eléctrico de dos velas. Con mi amigo Fernando acordamos que tenía que estar más cerca mío ya que todavía tenía el frío metido en los huesos, así que lo ubicamos al pie de mi cama y como las mantas no alcazaban decidí taparme con el colchón de la cama de abajo.

No habrán pasado más de una o dos horas cuando me despertó el humo que subía desde mis pies. Me arrimé al borde de la cama y vi el fuego que subía a más de un metro de altura: 

- Ricardo, Ricardooo (dije subiendo cada vez más la voz) Fuegoooo!!!. 

Mi amigo Fernando salió de la cama y gritando igual que yo saltaba de un lado al otro moviendo las manos sin saber qué hacer.

Cuando Ricardo nos escuchó, supuso que lo que queríamos era prender un cigarrillo (olvide mencionar que él ya era un experto fumador furtivo, de esos que compraban suelto en la esquina del colegio) así que abrió la puerta del cuarto con un encendedor en la mano y se encontró con las llamas que le interrumpían el paso. Todo lo siguiente sucedió muy rápido como para recordar detalles. Lucía sacando el colchón aún en llamas a la tierra, mi amigo Fernando, saltando como un mono para apagarlo, Ricardo sugiriendo como lo hubiera hecho su padre y yo, cagado de frío mirando incrédulo todo el espectáculo.

Un rato después y con el colchón aún humeando afuera, volvimos a la cabaña y nos dormimos entre los restos de humo y olor a madera quemada.

Despertarnos fue como volver de una pesadilla. Las paredes tiznadas, el piso pegoteado y todo, absolutamente todo con un fuerte olor a gomapluma quemada. Ordenamos como pudimos y sin perder el foco en nuestro objetivo iniciamos nuestra travesía de pesca. Desafortunadamente nos fue negado el uso de la piragua así que decidimos pescar en la orilla, al borde de la cabaña.

Media hora después nos aburrimos, eso de la pesca no era como lo había leído en la revista Aire y Sol. Por suerte Ricardo siempre tenía un as en la manga. Se fue a la cabaña y apareció con un rifle de aire comprimido. Si la pesca no era lo nuestro, la caza sí lo sería.

El problema fue que la única caja de balines que había era de un calibre menor al del rifle. Pero como nada nos iba a detener, nos apostamos en la baranda de la cabaña que daba a la rivera y desde allí empezamos a tirarle a un grupo de patos que nadaban pacientemente a unos cinco o diez metros nuestro. Como los balines eran más chicos disparos no tenían compresión y teníamos que calcular la curva y la distancia para llegar al blanco o, mejor dicho al negro: los patos eran negros.

Nadie nunca pudo explicarse cómo ni por qué, pero después de infinidad de tiros al agua uno dió debajo del ala de un pobre pato y lo dejó maltrecho y sin poder nadar. Con palos y alguna que otra cosa lo acercamos al borde y Ricardo se encargó de enviarlo al otro mundo haciendo gala de sus habilidades de pescador.

Ninguno tenía idea de cómo quitarle las plumas así que a puro tirón y después de un largo rato lo dejamos medio pelado. - Total En el horno se le van a quemar, sentenció sabiamente Ricardo. 

La bajada del sol nos encontró preparando la cena. Mientras yo destrozaba al pato en la cocina, mi amigo Fernando buscaba ramas para el fuego y Ricardo se dedicaba a preparar el horno de barro para la gran cena.

De pronto siento una explosión que hizo temblar la cabaña y cuando salgo veo a Ricardo correr con las manos en la cabeza escapando de una lengua de fuego que iluminó toda la laguna.

Por suerte solo se quemó las cejas, un poco las pestañas y algo del pelo. Pero nos sirvió para saber que a los hornos de barro no se les tira un chorro de nafta con un bidón para que se prenda más rápido.

El horno quedó inutilizado por las rajaduras de la explosión y el pato era un montón de piezas irreconocibles esparcidas en la mesada. Otra noche en la que Lucía tuvo que asistirnos con latas y alguna que otra sobra de la cantina.

La mañana siguiente nos encontró sin piragua y con un rifle que no servía para nada. Así que el programa fue tomar nuestros equipos para ir a la laguna del otro lado de la ruta (ruta 2, la de Mar del Plata) en donde seguro habría grandes tarariras para mostrarle orgullosos al padre de Ricardo.

Así salimos caminando con todos nuestros trastos colgando. Todos menos Ricardo; él sí sabía cómo hacer esas travesías. Le robó una mochila al padre y la cargó con la caña de carbono, los mejores reels y tanzas y señuelos de su amigo Del.

Por si nunca lo hicieron, les cuento que cruzar la ruta 2 en esa zona no es una tarea sencilla. La ruta está bastante elevada sobre el terreno y para cruzar es necesario subir por una pendiente de lajas que se repite del otro lado al bajar.

La subida fue lenta y cansadora, sobre todo para mi amigo Fernando y yo que llevábamos los trastos en la mano. Pero la bajada, esa si que estuvo buena! Ricardo decidió ser el primero y quiso bajar caminando. No hizo más de tres o cuatro pasos cuando resbaló y se cayó de espaldas hasta el pasto. Por suerte la mochila le amortiguó el golpe. Lástima la caña de fibra de carbono (no se si les dije que el padre la había hecho traer especialmente de Alemania), que quedó hecha flecos.

No tiene sentido aclarar que no pescamos nada. Así que cerca del mediodía volvimos a la cabaña porque ya estaban por llegar los padres de Ricardo.

De lejos vimos la coupé Chevy naranja (igual que la piragua que rajamos al medio) y supimos que ya estaban ahí. El padre miraba desconsolado la cabaña y la madre trataba de tapar las rajaduras del horno de barro con algo de tierra que levantaba del piso.

Solo faltaba explicarles que la caña de fibra de carbono (traída de Alemania) también estaba inexplicablemente inservible. 

Lo de la piragua que se lo diga después su amigo acordamos entre los tres.



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