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La mentira de Wai Chang Kein
De chico fui bastante retraído. La televisión y sus héroes musculosos peleando con villanos feos y gordos fue mi evasión. Y Kung Fu Reunió todo para alimentar mi fantasía.
Así que me anoté en un gimnasio de Taekwondo. Ahí conocí gente que sabía bien cómo colarse en el colectivo y robar revistas de minas sin que el kiosquero se avive. Entre el olor a pata y sudor confirmé que era muy torpe para los deportes. Igual Insistí con la firme convicción de que si Wai Chang Kein había podido yo también.
Así llegó el primer torneo; Fui el único que quedó afuera. Por suerte nadie se preocupó en explicarme nada: El escarnio hubiera sido peor. Pero finalmente el destino me ayudó; uno se lesionó y entró al equipo.
Llegó el día, y me tocó pelear con un grandote bruto y cabezón con más ego que cerebro. Yo ya sabía lo que era el miedo, el colegio y los exámenes orales me lo habían enseñado. Pero eso era distinto. No me hacía temblar la voz; me hacía temblar las piernas…
Cuando la pelea comenzó lo único que vi fue una mancha blanca que se me venía encima como un camión de ganado sin frenos. El tiempo se detuvo y el cuerpo se me congeló. El primer golpe en el pecho fue firme y seco. Antes de que recuperara el aliento una patada en las costillas me avisó que me estaba cagando a palos. Y otro golpe y otra patada me hicieron maldecir al Maestro Pó y sus máximas.
Miedo. Tuve miedo. Sentí miedo. Sin darme cuenta empecé a pegarle y patearlo como un sacado para que se desintegre y deje de maltratarme.
Esa victoria marcó una nueva etapa en mi vida y aprendí que un valiente no es más que un cobarde que no supo por dónde había que escapar.
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