“Se escribe borracho y se corrige sobrio”
Ernest Hemingway.
“Probablemente este texto nunca sea corregido”
Yo Livio.
Después de haber transitado ya una buena parte de mi existencia decidí dedicarme a escribir mis tribulaciones como guía para mi tercera y última etapa de vida.
I
El dinero.
El dinero sí importa.
En las relaciones personales y de pareja el dinero importa y mucho. Es el símbolo que representa el poder y el objeto a conquistar; inasible y esquivo, traicionero y adictivo. Es la expresión material del poder verdadero. Ese que se discute y se cuestiona pero que también se envidia y se anhela.
En las relaciones sociales define jerarquías que, aunque muchas veces implícitas, son aceptadas por todos. El propio rechazo o cuestionamiento lleva embebida su aceptación. En las relaciones de pareja, nadie que se aprecie busca una relación para pasar necesidades por amor. Y si lo hace, no llevará demasiado en arrepentirse de haberlo hecho.
Cuestionar esta afirmación no solo incluye la negación de una realidad inherente a nuestra condición, sino que exhibe la incapacidad de crear bienestar para sí y para los propios.
El bienestar favorece el libre fluir de las emociones y los sentimientos positivos. Y la falta de este es uno de los principales motivos de desencuentro y enfrentamiento.
La solución a eso eso hoy la da el dinero.
El cuerpo.
El cuerpo también importa. "No imagino a nadie masturbándose y pensando en lo buena persona que es su imaginario circunstancial".
Buscamos en nuestro entorno (y cuánto más amplio sea mejor) un otro objeto de nuestro deseo. Un cuerpo que demuestre cuidado e interés por atraer, que transmita seguridad y exhiba el resultado de esa dedicación. El cuerpo habla. Y un cuerpo cuidado comunica sobre su poseedor. Habla de determinación, responsabilidad, dedicación, esfuerzo y voluntad por llegar más allá del sacrificio.
Ese cuerpo/objeto deseado será siempre lo más cercano a un ideal individual, a veces afectado por patrones establecidos y otras veces no, pero es el primer punto de atracción entre nosotros; la puerta de entrada al inicio de una relación de pareja.
El medio, nuestra condición y nuestras propias capacidades, nos lleva a elegir a ese otro entre lo mejor a nuestro alcance. Y siempre será lo más cercano a ese objeto deseado.
Si el vínculo establecido no es considerado satisfactorio será por que el entorno era limitado o las propias capacidades para obtenerlo escasas.
No porque no importe.
Pareja e hijos.
Una pareja son dos personas. Tres o más es otra cosa, podría afirmar que los hijos rompen ese concepto. La pareja “pasional” comienza un lento declive a partir del nacimiento de un hijo. Es un proceso inversamente proporcional e irreversible.
El eje de la pasión se corre. Ambos la orientan hacia ese otro con intereses diferentes: Protección, proyección de ausencias, cualquiera sea este, está distante del vínculo amoroso entre dos personas.
El eje deja de ser la pareja para ser un “nosotros” del que se espera erróneamente la complete. En ese punto, la pareja como fue concebida ya no existe. Marca un fin y el principio de otra cosa.
Inevitablemente.
El sacrificio.
A nadie le importa cuánto uno se esfuerce en hacer algo o cuánto le costó. Siempre, absolutamente siempre, se va a evaluar por resultados.
El sacrificio solo sirve para probarnos a nosotros mismos y saber de qué somos capaces; hasta dónde podemos llegar. Es un acto individual que nos da la posibilidad de medirnos; de saber de qué somos capaces.
Suponer que el entorno premiará nuestro sacrificio es, cuando menos, un acto de inocencia que se paga caro. Por el contrario, el entorno atentará contra los resultados en cuanto le sea posible. De una manera o de otra; más amigable, más encubierta o más frontal y directa.
Los logros obtenidos con el sacrificio indivicual siempre serán acechados por el entorno para despojarnos de ellos.
Bien y mal.
Dos caras de la misma moneda. Lo que está bien o mal es algo que surge del juicio de un otro que impone reglas y límites. Un otro al que inexplicablemente se acepta con capacidad de juzgar y decidir.
Adoptarlo o rechazarlo depende de la fortaleza individual para crear las propias reglas. Esas que nos llevarán a éxito o el fracaso, a la aprobación o al rechazo, incluso a la exclusión. En todo caso, un precio que debemos estar dispuestos a pagar sin garantías de éxito.
A través del tiempo el bien y el mal transitaron por caminos que se cruzaron y se confundieron permanentemente. Sentirse conforme con las propias decisiones y negar la culpa es el camino correcto. Tenga las consecuencias que tenga.
El castigo social nunca será más doloroso que reprimir nuestros deseos y necesidades más profundas.
“Jugar con las propias reglas es la mejor manera de vivir aterrado y dormir tranquilo”
El sexo
Cuando el sexo desaparece aparece la muerte. Muerte como ausencia de vida vivida; vida gozada, vida consumida, vida transitada.
Es el último vestigio animal que aceptamos socialmente. A través de las formas más ocultas y oscuras siempre es lo que nos empuja a la acción.
Por sexo procuramos afecto; por sexo hacemos el bien; por sexo hacemos el mal; por sexo ganamos dinero; por sexo creamos poder.
Los hombres deseamos a las mujeres y las mujeres buscan ser deseadas. Ese es principio de toda estructura social.
Buscamos poder para tener más y mejor sexo. Ganamos dinero para tener más y mejor sexo. Aprendemos para ser mejores y más deseados. Trabajamos nuestro cuerpo para ser objeto de deseo. Nos maquillamos, ponemos prótesis y nos vestimos para ser objetos de deseo.
Todo para ser deseados por un otro sin forma, sin edad y sin género. Un otro que complete con su carne eso que nunca vamos a conseguir pero siempre perseguiremos. A medida que el sexo va desapareciendo la muerte se va acercando.
El sexo es directamente proporcional a la vida.
Traición.
La más dolorosa herida. Uno siente cuando la carne se abre y ve la sangre fluir en cada traición. La pregunta, siempre sin respuesta, es ¿por qué?. Siempre hay un porque que no nos incluye. Un porque de otro que nos hiere.
Está naturalizado preguntarnos por qué fuimos traicionados. aunque, extrañamente nunca nos preguntamos por qué traicionamos. En el mejor de los casos, cuando somos protagonistas de una traición creamos un noble motivo que calme nuestra necesaria y absurda culpa.
La traición es una necesidad. La traición marca el límite de nuestra ética y de la del otro.
Traicionar es el acto en el que uno se descubre anteponiéndose al otro.
Poesía.
“Que puedo irme mañana mismo de este mundo. Las cosas buenas, ya contigo las viví”.
La magia del arte es embellecer la realidad creando una ilusión. Edulcorar su crudeza y modificarla con el fin de excitar nuestros sentidos regocijándonos por unos instantes.
Bienvenidos sean esos minutos de placer necesarios!. Esa enajenación útil para sobrellevar aquello que nos acongoja.
Pero interpretar la realidad a través de ese lente es solo entendible entre quienes aún no desarrollaron las aptitudes mínimas para enfrentar el mundo real.
La poesía (la música hoy la reemplaza) nos hace enamorar de quién creemos y no de quién vemos. Ubica nuestra atención en un solo aspecto del otro; una recreación.
La poesía (el discurso también es una forma de poesía) nos lleva a luchar por causas de otros como si fueran propias. Esa ilusión nos transporta incluso a la propia muerte en una épica carente de valor real. Inoculada por intereses externos a uno mismo.
Recrea la fantasía de una realidad inexsitente y encubre su peligro allí.
Hijos.
La más compleja relación de uno con uno mismo. Los hijos “duelen” afirmo sin lugar a ninguna duda. Uno es dueño de sus dolores y ajeno de sus bienestares.
A partir del momento de la concepción comienza un camino impensado: La crianza (proceso que defino a partir del nacimiento hasta la independencia económica) se consume la etapa más productiva de nuestra juventud; los años de mayor bonanza económica, de mayor fuerza para enfrentar adversidades, de más salud para gozar de lo que la vida nos ofrece.
Nos ancla en una situación sin opciones con una ética culposa. La misma que, de no ser aceptada, nos margina al ostracismo más absoluto. Nos condena a la peor culpa.
Aún después de la crianza, cuando se cree que el proceso ya fue superado, se continúa con esa responsabilidad emocional y afectiva que nos acompaña hasta la muerte. Esa dependencia enquistada que nos hace sentir el dolor de ellos como propio.
Esa culpa que nos sigue consumiendo vida a la distancia y desde el dolor.
Amor.
"Un día me dijeron: "Nunca dejes ir algo que verdaderamente amas". Y me hizo pensar: ¿Qué pasa si lo que verdaderamente amo, no me quiere a su lado? ¿Cómo dejo ir algo que ni siquiera me pertenece?". Bukowsky.
El dilema del amor está en que fuimos condicionados para entender el amor como sinónimo de posesión. Y como todo concepto utópico, tan deseado como inalcanzable, cada sujeto lo experimenta desde la experiencia de su formación de vida.
La posesión aparece como un común denominador que desfigura el sentimiento transformándolo en dolor e incompletud: Termina convirtiéndose en eso que se necesita para completarse.
La realidad es que el amor es cualquier cosa menos eso: Es simplemente una eterna búsqueda de un estado de plenitud junto a un otro.
Un espejo en el cual nos guste reflejarnos y nos de satisfacción hacerlo.
Ideología y religión.
Qué es la ideología sino un conjunto de dogmas inoculados con el exclusivo fin de sostener el poder de unos pocos.
Alguna vez reflexioné en que “las ideologías solo sirven para matar de aburrimiento a la inteligencia” y hoy lo afirmo con más fuerza.
Es una píldora recetada y administrada por un otro que nos necesita serviles, sumisos y útiles para sus propósitos. Un antibiótico contra el pensamiento crítico que anestesia el deseo y lo convierte en un valor colectivo que embrutece la razón.
Los más débiles terminan siendo su presa bajo la promesa de un cambio utópico de su realidad. Los débiles son presa fácil de estas y nunca aceptarán una mirada hacia las profundidades de su más oscuro interior.
Al fin y al cabo, es mucho menos doloroso adoptar un pensamiento que experimentar el desgarro de la propia realidad.
Y tener que hacerlo solo.
Vejez.
La vejez nos prepara para la muerte. Es una etapa en donde lo aprendido cobra valor y lo hecho nos apuntala cada nuevo día.
El cuerpo nos va limitando, el pensamiento es menos crítico y más reflexivo, el aislamiento aparece como una opción ante lo inevitable.
Y está bien. Es un proceso más de la vida, ni bueno ni malo, ni mejor ni peor. La muerte es ausencia de vida y la vida es crear experiencias una y otra vez.
“La vida se acaba cuando se dejan de construir recuerdos”

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