Adrogué me huele a pasado.

Es un olor agridulce, distinto. Apenas bajé del auto lo sentí. No sé si serán los eucaliptus que ya no están, los árboles centenarios o las mansiones herrumbrosas que todavía hablan de un tiempo que me precedió y que, aun así, resuena en apellidos patricios, historias familiares, túneles húmedos o en la sombra de Borges caminando pacientemente por Las Delicias.

Tampoco sé si fue un sol errante de primavera, mi prolongada ausencia o esos empedrados desprolijos que no logran impedir que el pasto crezca. Lo cierto es que, mientras caminaba hacia el encuentro con mi hijo, sentí una ebullición de recuerdos tan previstos como necesarios.

Estos, sí, más cercanos y viscerales. El murmullo sordo de las voces me arrastró a mis años de secundaria, cuando la sencillez de mi hogar contrastaba con el esplendor de Adrogué. Recuerdo que solía bajar dos paradas antes para caminar por esas calles y observar los jardines cuidados, los techos altísimos de tejas, el perfume persistente de las flores en primavera.

En silencio me prometía que algún día viviría allí. No sabía cómo ni cuándo, pero lo deseaba con tal convicción que estaba seguro de que llegaría.

El sueño demoró diez años, pero llegó. Llegó de la mano de una esposa. Hoy entiendo que ella formaba parte del proyecto. Sin que lo supiéramos, fue el puente que me permitió cumplirlo.

Una casita sencilla, una hipoteca interminable y hasta un matrimonio desparejo. Todo sirvió para alcanzar ese sueño.

Ahora, en cambio, me asalta una tristeza extraña. La que llega cuando uno advierte que no calculó el esfuerzo necesario para sostener lo logrado. La que devuelve la imagen de acompañar a los hijos al colegio por esas mismas calles, ya sin promesas, solo con responsabilidades.

Las voces dispersas de la calle me hablan de todo eso.

Ya me senté en Trote a esperarlo.

El mismo bar en el que me rateaba en los años de colegio.




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