Dolores que hablan

Al despertarse volvió a sentir ese incómodo dolor en el hombro derecho. Un día de estos voy a tener que ir al médico, pensó. Le traía a la memoria aquella caída, cuando un agarre firme y preciso casi le arranca el brazo. Había pasado mucho tiempo, treinta años tal vez. No quedaban imágenes: apenas un eco. Su mente se negaba a ofrecerle un recuerdo entero. El dolor, en cambio, sí sabía. 

Cada mañana de los últimos meses ese dolor lo devolvía a su adolescencia. No era nostalgia ni pensamiento; era cuerpo. Era la carne hablando en un idioma más antiguo que la memoria. Lo llevaba a esos años en los que su cuerpo respondía a todo sin preguntar por qué. Un tiempo sin previsión ni análisis, donde el deseo se confundía con la posibilidad.

Después del colegio, siempre pasaba por el club y corría alrededor de la cancha. Cinco, seis, siete vueltas, hasta que algún calambre o un tobillo golpeado le marcaban el límite. Señales rojas que él insistía en pasar de largo, intentando correrlas cada día un poco más.

Volvía a casa, hacía lo necesario, y al club de nuevo. Cuatro veces por semana repetía esa rutina como si fuera una liturgia. Dos horas de golpes en las que los varones medían destrezas y aprendían otras nuevas. Los roces, los gritos feroces y ensayados, la repetición mecánica de un mismo gesto durante generaciones. Pibes iguales a él tirando golpes al aire, imaginando una pelea que casi ninguno tendría, pero que igual entrenaban como si la vida dependiera de eso.

Al día siguiente amanecía dolorido, con algún corte o moretón que le recordaban el olor a sudor, el ruido sordo de los cuerpos cayendo sobre el tatami y volviendo a levantarse una y otra vez. Las risas con algún que otro labio cortado o alguna mancha de sangre secándose en las remeras viejas, las confesiones del vestuario y ese contacto con un mundo que fuera del club le resultaba inalcanzable.

De niño había sido muy cuidado. Hijo único, su madre había levantado una pared entre él y el sufrimiento. Y él había quedado atrapado ahí hasta que descubrió que podía salir peleando. Paradójicamente, aquel chico frágil, prolijo y pulcro terminó entrando a un territorio que no le pertenecía: las artes marciales.

Ese universo estaba habitado por gente dura, marcada por vidas donde la madurez llegaba antes. En donde las peleas no eran un deporte, definían jerarquías. Con ellos descubrió que es más importante aprender a recibir golpes que a darlos. Que siempre se reciben más de los que se dan y que el secreto está en resistir más que en vencer.

Aprendió también que los golpes duelen menos de lo que uno cree si aprende a recibirlos. Que la autoestima, es una forma de coraje. Que la soberbia no es tan mala cuando se tiene con qué. Y que lo que vale la pena se gana y se mantiene peleando.

Entonces, recién entonces, entendió que esos dolores eran dolores amigos. Maestros silenciosos. Cada vez que los sentía, volvía a la escena donde comenzó a ser quien era. Allí comprendió que la frase “el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional” dejaba de ser una frase de autoayuda usada hasta el hartazgo para transformarse en una forma de estar en el mundo.

El hombro seguía doliendo y, al incorporarse, la cintura le avisó que el camino al baño iba a ser una pequeña aventura. El cuerpo le estaba hablando, y él —por fin— supo escucharlo.

Una sonrisa se dibujó en su rostro. Acomodó el hombro, apoyó una mano en la cintura y se dijo: Dale. Vamos que el día recién empieza.




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