Nadie cruza sin marcas

Desde hace un tiempo vengo pensando en el tiempo.

No como idea, sino como experiencia.

No como algo que avanza, sino como algo que se incrusta.

Durante años creí que el tiempo era una línea.

Una sucesión ordenada de hechos que avanzan, dejan atrás algo llamado pasado y prometen algo llamado futuro.

Era una idea funcional.

Permitía seguir.

Daba la sensación de que todo, en algún punto, iba a acomodarse solo.

Con el tiempo entendí que esa frase tan repetida —“el tiempo todo lo cura”— no explica nada.

Solo posterga.

Es una forma educada de abandonar al otro sin hacerse cargo.

Así fui aceptando algo más incómodo aún: que el problema no era el tiempo,

sino el universo desde el cual se lo transita.

Llamo universo a ese espacio indefinido —no físico, no mensurable— en el que conviven la historia personal, el linaje, el cuerpo, la cultura, los deseos, las frustraciones y las ideas que nunca llegaron a ser.

No se elige.

No se diseña.

Se hereda, se padece y se organiza solo, como puede.

Sabemos que tiene un límite, aunque nunca sepamos dónde está.

Lo descubrimos cuando algo nos resulta incomprensible.

O peor: cuando algo nos resulta evidente y al otro no.

Cada persona habita su universo como si fuera el único posible.

No por soberbia, sino por imposibilidad.

No hay otro lugar desde donde mirar.

Desde ahí entendí que no todos vivimos el mismo tiempo.

Que no todos recordamos lo mismo aun cuando hayamos estado ahí.

Que no todos llegamos al mismo presente aunque hayamos caminado juntos.

Vivimos en universos personales paralelos.

Construidos a partir de una misma realidad, sí,

pero organizados de maneras irreconciliables.

Cada uno se arma sin pedir permiso.

Con lo que se heredó, con lo que se sufrió, con lo que se deseó y no se tuvo.

Con las palabras que estuvieron y con las que faltaron en el momento exacto.

Ese universo no es una elección.

Es un modo de estar.

Y también un modo de quedar atrapado.

El problema aparece cuando dos universos se rozan.

Porque entrar en el universo del otro no es conocerlo.

Es perder referencias propias.

Aceptar que lo que para uno es esencial, para el otro no existe.

Y que no hay argumento que repare eso.

Eso explica el amor.

Y también su fracaso.

Amar no es coincidir.

Es exponerse a la intemperie del universo ajeno sabiendo que no hay traducción completa.

Que algo siempre va a quedar afuera.

A eso algunos le llaman crecer.

No aprender más.

No formar una familia.

No ganar ni perder dinero.

Crecer es correr el propio eje hacia un territorio que nunca termina de volverse propio.

Y aceptar que, en ese movimiento, algo se rompe para siempre.

Queda entonces la pregunta —persistente, incómoda—:

cuando uno cruza hacia el universo del otro,

¿abandona el propio o lo suma?

¿Se amplía o se diluye?

¿Se transforma o se pierde?

No hay respuesta limpia.

Solo la certeza de que nadie cruza sin marcas.

Tal vez por eso el tiempo duele.

No porque pase,

sino porque no pasa igual para todos.

Y entonces ya no se trata de entender al otro.

Nunca se trató de eso.

Se trata de aceptar que convivimos, hablamos y a veces nos amamos

desde universos paralelos

que, en el mejor de los casos, se rozan

y, en el resto,

solo se miran

desde una distancia que no se puede acortar

sin perder algo irrecuperable.




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